Egipto ha sido nuestro país de entrada en Africa. Los dos primeros días los pasamos en el Cairo donde visitamos parte de la ciudad y las pirámides de Giza de la mano de Mrs Margaret, Issa y Hassan que en representación del Gobierno nos acompañaron durante prácticamente todo el trayecto. Hassan nos pareció el perfecto escolta con su tupido bigote, sus gafas pequeñas de detective rodado y su larga gabardina gris. La tentativa de ficharlo para que nos acompañara hasta Sudáfrica fracasó, a pesar de los reconocidos esfuerzos de algunos expedicionarios.
Sergi y Koke se adelantaron al resto del equipo y partieron hacia Alejandría
para tratar de agilizar los trámites burocráticos en las aduanas del puerto y agilizar la entrada de los vehículos que venían desde Valencia en barco. El resto nos juntamos un día más tarde. Sin embargo, el proceso de Kafka se quedó corto en comparación con nuestra experiencia en Alejandría: una semana bloqueados por culpa de un sinfín de papeleo administrativo que con mucha paciencia y la inestimable colaboración de la Embajada de España, Koke y Sergi consiguieron superar. Mientras tanto, el resto del equipo montábamos nuestra oficina móvil en el café Marino, atendidos por nuestros nuevos amigos Dula y Mohamed. Si Stanley y Livingstone levantaran cabeza, se avergonzarían de ver un equipo de 14
supuestosexpedicionarios aventureros con 11 ordenadores portátiles. Al atardecer, el club de los deportistas encabezados por Héctor salía a correr mientras Topo se convertía en un experto de las pastelerías egipcias. Hubo también tiempo para el buceo, los paseos por la aireada “Corniche”, la gastronomía egipcia y la conversación en la renovada biblioteca de Alejandría. Sin embargo, los ánimos empezaban ya a fallar. Había pasado ya una semana de pesada espera y estábamos frustrados por no poder iniciar la marcha sabiendo que nuestros vehículos estaban a tan solo un kilómetro de donde nos encontrábamos. Los días se volvían monótonos y Juan hizo referencia a la película “el día de la marmota”, en el que el personaje que representa Bill Murray se queda bloqueado en un mismo día, despertándose cada mañana en el mismo día del mes, incapaz de avanzar en el tiempo.
Pero salieron por fin los vehículos del puerto de Alejandría! Uno de ellos, con la rueda totalmente deshinchada, otro sin batería y un tercero averiado que además tuvo que ser remolcado hasta el Cairo, donde nuestro equipo de “Mcgyvers”, compuesto por Sergi, Koke y Héctor consiguió repararlo. Parece ser que una semana en el puerto de Alejandría da para una buena sesión de entretenimiento destructivo. De cualquier modo, estábamos todo el equipo entusiasmados, por fin empezaba la ruta!
Ya en el Cairo recibimos la visita de José Manuel y pudimos realizar las primeras entregas de la mano del Ministerio de Deportes Egipcio, la ONG Plan Internacional y Hope Village Society y capitaneados por Ale. Play4Africa se adentró en el Cairo profundo, visitando proyectos y confundidos con un equipo de futbol. “Y tú en qué equipo juegas?”, preguntaban los niños. Preguntas como esta hacía Ahmed, abandonado por sus padres cuando era un bebé, fue acogido por un vecino del barrio el cual le da cobijo a cambio de 40 libras egipcias cada semana. Estos casi 6 euros es el sueldo que estos niños, que nunca han ido al colegio por tener que trabajar, reciben cada semana por tallar madera o reparar coches. Desgraciadamente,
Play4Africa no pudo cambiar la vida de estos niños pero sí aportar su granito de arena para promocionar su derecho a jugar.
Dejado atrás El Cairo, el convoy tomó ruta al Mar Rojo con el fin de cruzar a Sudán por el controvertido triángulo del Halayeb, cerrado al tránsito turístico y únicamente abierto al tráfico con permiso militar de los Gobiernos egipcio y sudanés. El Convoy avanzó bordeando el Nilo y por el camino nos recibieron los Gobernadores de Beni Mazaa, El Minya y Asyut y entre bailes surrealistas y exhibiciones de karatecas, sufrimos una avería en el soporte de la caja de cambios del camión Unimog que de nuevo nuestro equipo de “Mcgyvers” y Jordi
consiguieron solucionar con la ayuda de mecánicos locales en Luxor. En Luxor, pudimos visitar el misterioso Valle de los Reyes, y los imponentes templos de Karnak y Luxor. Como dice Leo, estas construcciones de más de 4000 años de antigüedad ganan cuando se las contextualiza con lo que hacían nuestros antepasados ibéricos en su querida Galicia: mientras los egipcios levantaban templos y pirámides monumentales, los españoles comían berberechos y cortaban madera.
La llegada al Mar Rojo fue premiada con un espectacular baño de atardecer y una acampada en la playa. Iñigo fabricó un arpón manual con la idea de pescar vestido de “Superman” a lo largo de nuestra travesía hasta Sudán. Sin embargo, los trámites burocráticos para cruzar por Halayeb no llegaron a tiempo y tuvimos que abandonar nuestro sueño de cruzar el Sur de Egipto bordeando el Mar Rojo. No habría brisa de mar ni pescado a la brasa en nuestro camino hacia Sudán. La ruta alternativa la presa de Aswan, nuestra nueva puerta de entrada a la Africa Negra.
En Aswan, embarcamos nuestros vehículos en una gabarra que no admitía pasajeros y después
entramos en el viejo ferry que nos ayudaría a cruzar la frontera. Ordas de egipcios y sudaneses entraban en el decrépito “Sinaí” cargados de mercancías y objetos personales. Mujeres tapadas, hombres vestidos de blanco y más de uno con pinta de maleante. Forcejeos y empujones para conseguir un espacio libre en el interior del Sinaí, un espacio sin ventanas, con grietas y con un olor a humanidad difícilmente descriptible. Familias hacinadas en el piso de abajo donde como por arte de magia un gigantesco aparato eléctrico proveía de aire acondicionado. Los más privilegiados ocupaban los compartimentos cerrados de primera clase. En cubierta, nos instalamos las tribus blancas compuestas por el equipo de Play4Africa y 6 parejas venidas de Inglaterra, Alemania, Australia, América y Sudáfrica acompañados por el resto de locales que habían fracasado en encontrar un hueco en el interior. Cuidando de no pisar ninguna cabeza a nuestro paso, buscamos nuestros recovecos y levantamos nuestros artilugios made-in-decathlon para tratar de amenizar la travesía por el Nilo. Occidentalizar el paseo al fin y al cabo, ante la mirada atónita de nuestros compañeros de viaje locales. Antes del anochecer, los hombres tomaron la proa y se pusieron a rezar en dirección a la Meca. La devoción de los musulmanes no conoce limitaciones de espacio ni de comodidad. Al caer la noche, recorrimos los pasillos del barco para llegar al camarote de inmigración y vimos a los locales tan bien instalados que parecía que llevaban ahí toda la vida. Antes de sellar el visado, un médico nos tomó la temperatura en el oído. “Si tienes fiebre, tendrás un problema para entrar en Sudán” me dijo un sudanés. Impresionante control para un país como Sudán. Tras la toma de temperatura, fuimos a la cafetería a cenar. El menú, unos frijoles con olor a pies, una ensalada decente y un quesito. El barullo apasionante y el público lo mejor. Turistas y locales mezclados en las ocho mesas y disfrutando de una conversación entrecortada por los problemas de comunicación pero amenizada por las sonrisas de los sudaneses. Dormimos bajo las estrellas y con el amanecer se organizó en cubierta un improvisado mercado en el que se intercambiaban mercancías: tomates, cuerdas y compact discs pasaban de unas manos a otras en cuestión de segundos. De repente nuestro capitán con dientes de plata hizo sonar la sirena para anunciar nuestro paso por los monumentales templos de Abu Simbel que pudimos ver a pocos metros de distancia y que distrayendo también a los locales puso fin al animado mercado. Pocas horas después, avistamos el puerto de Wadi Halfa y nos preparamos para desembarcar en nuestro siguiente país: Sudán!
Fotografía: Patrik Bergareche







