Blog Play4Africa

Expedición solidaria

Archivo de Mayo, 2010

Cataratas Victoria (Zimbabwe) y la reparación de un reloj

Una primera puntualización: ¿Por qué a las cataratas de los ríos (no a las de los ojos) se les llama “falls” y ¿Por qué a la reina Victoria no se la llama “Victory”? ¿Y esa pedantería modernista de nombrar a la susodicha y puritana soberana con el cariñoso nombre de alcoba, tan familiar de “Vic”? “Victoria Falls” o “Vic Falls” son los nombres que los españoles “iniciados” damos a las cataratas Victoria, situadas en la finca particular del señor Mugabe, como anteriormente lo estuvieron en la del señor Rhodes cuando Zimbabwe se llamaba Rhodesia.

Dejando estas cuestiones semánticas en el aire y yendo al grano, pasaremos a relatar un nuevo caso de relación intercultural acontecido a este humilde cronista durante su estancia como componente de Play4Africa, en el pueblo colindante a las ya antes mencionadas cataratas. Cataratas que un tal Livigstone se atribuyó como su “descubrimiento”, hasta permitirse la licencia de ignorar su nombre original de “El Humo que Truena” –hermosísimo- para cambiarlo alegremente por el de una reina malencarada y lejana. Cosas de la pérfida Albión y de su retórica imperial, supongo. Gracias a esta lógica, podríamos llegar a creer que Robert de Niro descubrió las Iguazú Falls, Ava Gardner el Kilimanjaro, Woody Allen Nueva York, y Hemingway Pamplona.

Pues bien. Hallándonos acampados en el pueblo de “Vic Falls”, decidí que era llegado el momento de arreglar la correa de mi reloj, al que se le había reventado esa presilla que todos conocemos y que en número de dos, articula la pulsera con el cuerpo del reloj propiamente dicho. Con él en la mano, recorrí la pequeña población en todas direcciones hasta comprobar que no existía ninguna joyería y menos aún, ninguna relojería que me pudiese proporcionar la tan deseada presilla. Sorteando buscavidas y cambistas de dinero andaba yo, cuando al más pesado de ellos, sumamente interesado en ayudarme en lo que fuese con un reiterado “Can I help you?”, decidí que era el momento en que alguien me helpease, y le pregunté dónde podrían arreglarme la correa. Muy solícito –en verdad- me llevó hasta un kioskillo de venta de pilas, donde cuatro amigos suyos combatían la ociosidad bebiendo cerveza. Inmediatamente, los cinco se pusieron a la labor rebuscando por los cajones en la procura del deseado muellecillo. Como no lo encontrasen, pertrechados de un alicate mellado y de una chapa de cerveza aplastada, fabricaron un diminuto pasador con las puntas, que afilaron raspando en el bordillo de la acera, y que trataron hacer entrar en los dos intersticios del cuerpo del reloj, sin lograrlo durante la primera hora. Los cinco se iban alternando en el trabajo, dándose la particularidad de que a uno de ellos le temblaban las manos de tal manera, que el reloj se le cayó al suelo un par de veces, situación que invariablemente salvaba ante mí con una mirada compungida, seguida de un sentido “Sorry!” Varios viajes en bicicleta les fueron proveyendo de nuevos trozos de alambre, con los que fabricaron no menos de tres pasadores que funcionaban cada vez peor. A la segunda hora me pidieron que me diese un paseo, pues les ponía nerviosos mi presencia, así que aproveché para ir hasta el camping, acercarles mi navaja suiza y marcharme con Topo a tomar un café y a hacer la compra para la comida. A mi regreso, la cosa continuaba empeorando. Muy nerviosos, habían perdido la compostura y discutían entre ellos. Volví del camping –ya en el coche- con el antiguo pasador roto, que examinaron de uno en uno, a la vez que pronunciaban en medio de su jerga la palabra “resort”, referida a “muelle”. El de la bicicleta se dispuso a salir de nuevo, pero yo me ofrecí a llevarlo en el coche a donde fuese menester. Carretera, calles, barrios periféricos, su casita humilde…Yo esperando en el coche sin el reloj, que se había quedado en manos de los otros expertos. El voluntarioso chaval salió de su casa, acompañado de su joven esposa y un niñito de un año: -Son mi esposa y mi hijo- -Mucho gusto- Traía en las manos un reloj estropeado al que pretendía extraerle una presilla, pero a todas luces vimos que resultaba pequeña. -No problem!- Exclamó optimista. Nos encaramamos en el coche y continuamos viaje por las callejas polvorientas llamando la atención de los viandantes, hasta llegar a un mercadillo en el que una chica aburrida vendía relojes de pacotilla. Desempaquetó uno de ellos, comprobamos que el tamaño de la presilla no era el adecuado, y fuimos a parar a un lejano mercadillo de chatarra donde se amontonaban los zapatos de segunda mano, piezas de coches, cocinillas oxidadas, y un tipo que sacó de un recóndito cajón, dos relojes de pulsera a los que le faltaba de todo menos una larga y trágica historia. Durante la visita al mercadillo, mi compañero me preguntó ¡Tres veces! si había cerrado bien el coche. Ante la duda, compramos los dos relojes por un dólar y nos marchamos satisfechos y felices hacia el kiosko donde sus amigos habían abandonado toda actividad, excepto la de probar y experimentar todo tipo de técnicas para poder reparar el dichoso reloj del muzungu. Recogimos el reloj y la navaja suiza para volver a recorrer el camino hasta su casa, donde nos pusimos manos a la obra sobre la mesa del comedor, sin la concurrencia molesta de sus amigos. Ante la mirada divertida de aquella chiquilla que era su mujer y del chavalillo empeñado en echarle mano al reloj, desarmamos los dos relojes descacharrados, les sacamos las presillas con una técnica quirúrgica, y finalmente logramos montar una de ellas en el mío, triste y mareado. Nos abrazamos -creedme- y del júbilo también participó su mujer, que me invitó a comer con ellos unos escasos trozos de carne con yuca que me supieron a langosta en pepitoria. Éramos felices en aquella casita humilde sin ninguna decoración, en la que escaseaba de todo excepto un precioso clima de armonía y buen humor. Les ofrecí unos dólares para el nene a riesgo de que se sintiesen ofendidos, pero la niña-mamá los cogió con ilusión, evitándome un mal trago. Y ahora, desde que aquel episodio se tragó el tiempo de una mañana que pude haber dedicado a disfrutar de la contemplación de las Cataratas Victoria, o Victoria Falls, o Vic Falls, o El Humo que Truena, o como se llamen, cada vez que veo la hora en mi reloj, el recuerdo me lleva a aquella casita pobretona y feliz… Para mí, aquello fue un descubrimiento mayor que el de un tal Livingstone para aquella reina estreñida y para aquel imperio de largos bigotes.

Texto: Leopoldo Alvarez

Escrito por Play4Africa en Sin categoría el 30 Mayo, 2010. Comentarios (3)

Malawi, visita a “Alinafe Comunity Hospital”

11% de prevalencia del virus del sida, y el 60% de la población sin acceso directo a agua potable, caracterizan a la población de Alinafe, un pueblecito del centro de Malawi. Son sólo dos catástrofes de las muchas a las que se enfrentan los malawís y gran parte de la población del Africa negra.  Alinafe Comunity Hospital, fundamentalmente financiado por la ONG española Africa Directo, trabaja  para combatir los retos a los que se enfrentan día a día los malawís.

El Doctor Deuline Msowoya, médico responsable del proyecto, con potente carcajada  y con un español más que inteligible, nos recibe en la entrada del centro. Entregamos 200 mosquiteras, 50 filtros de agua, 60 equipamientos deportivos completos incluyendo botas, pantalones cortos y camisetas. En su despacho, el Doctor nos explica de forma pausada y muy didáctica el detalle de los programas puestos en marcha. Genera un clima en el que todos lo escuchamos atentamente con la boca abierta pero con un nudo en la garganta. “No basta con curar a los enfermos, tenemos que educarles para evitar la reincidencia. Evitar que el niño que acabamos de curar de diarrea vuelva a su poblado a beber agua contaminada del pozo y tenga que volver al hospital un mes más tarde. Tenemos que educar a las mamás a no sobrecocinar los alimentos para que no pierdan sus propiedades nutritivas. Tenemos que fomentar el uso de mosquiteras para prevenir la malaria y evitar la poligamia para frenar la transmisión del VIH. Tenemos que asistir a los ancianos para que puedan dedicar tiempo de calidad a sus nietos huérfanos. Precisamos tener un enfoque 360º. No basta con curar, tenemos que educar. Los africanos tienen que conocer sus retos pero también entender cómo superarlos. Los problemas de los africanos los tienen que solucionar los africanos”.

La hermana Kate, recién graduada en enfermería y vestida con una impoluta bata blanca que contrasta con el color de su piel, nos da un paseo por el centro. Nos enseña el centro de maternidad donde encontramos a las madres recién paridas hablando con las que están a punto de dar a luz. El centro de los niños huérfanos, donde los abuelos juegan un papel clave para la prevalencia de la comunidad. La sala donde se realizan los tests de VIH. El laboratorio. El centro de educación agrícola. El granero donde viven las vacas y las cabras, cuya leche se entrega a los abuelos para que puedan liberar tiempo y ocuparse de sus nietos. “Tenemos suerte de tener tantas cosas a nuestra disposición. Aquí la ayuda de los españoles ha sido clave para montar toda esta infraestructura. Es una bendición de Dios que los españoles nos ayudéis con esta larga lucha”.

Nos hicieron sentir como en casa, y nos invitaron a pasar la noche. Por la mañana entrevistamos al Doctor Mosowoya, que nos explicó: “Vuestras mosquiteras irán al centro de maternidad donde todavía no las hay. Los filtros de agua, los usaremos en el hospital. Y el material deportivo, para promover la cooperación entre niños enfermos y sanos a través del deporte.

“Nos sentimos muy afortunados por vuestra visita, y esperamos que volváis muy pronto”.  Play4Africa se acercó al cóctel de problemas africanos, y aportó su granito de arena para combatirlo, en un país que aloja al noveno lago más grande del mundo, el lago Malawi. Un país precioso que nos acogió, no como a “Mzungus” sino como a hermanos.

Texto y fotos: Patrik Bergareche

Escrito por Patrik Bergareche en Sin categoría el 29 Mayo, 2010. No hay Comentarios

Malawi, Fórmula 1 en la policía

Cuando decimos Malawi algunos te miran raro, creyendo que les hablas en broma.

-¿Malawi es un país?-

-Pues sí, con su capital y todo-

-¿Y cómo se llama su capital?-

-¡Lilongwe!-

-¿Está en Asia?- aventuran en su ignorancia-.

-No, en África- les aclaramos-.

Pues bien, resulta que el dichoso Malawi –o como se llame-, se extiende a lo largo de toda la orilla del lago Nyasa, uno de los mayores del mundo. Lo que pasa es que para despistar, al mencionado lago Nyasa que todos estudiábamos en el cole, ahora le han cambiado el nombre y se llama Malawi, lo que añade más confusión al tema.

Ahora pasaremos a situar el descrito Malawi (país) dentro del área geográfica del África oriental: Se halla rodeado por Tanzania, Mozambique, Zimbabwe y Zambia. Difícil ¿Eh?

La expedición solidaria de Play4Africa se detuvo un par de días en la pequeña población de Atupele, donde realizó una entrega de material hospitalario en el centro sanitario que la organización África Directo gestiona en el lugar.

Entre descargas de material, entrevistas con los responsables, filmaciones y demás actividades, se nos echó el domingo encima, y con él la jornada tan esperada por dos de nuestros compañeros, Topo y Fernando, que deseaban sobre todas las cosas, ver cómo otro Fernando apellidado Alonso, disputaría el Gran Premio de Fórmula 1 a celebrar en Mónaco.

A media mañana su nerviosismo era tal, que decidieron levantar el vuelo hacia el pueblo más próximo para tratar de ver la carrera por cualquier medio.

Como el hospital se hallaba lejos de la ruta principal, era necesario llegar hasta el asfalto más próximo, y salir disparados en todas direcciones para localizar un televisor ¡conectado con un canal deportivo! que además transmitiese la dichosa carrera. Patrik y yo, movidos por la curiosidad, nos añadimos a la misión de encontrar ese lugar imposible, con la esperanza de poder tomar un cafecito en el pueblo, aprovechando la incursión de nuestros compañeros.

Llegados al asfalto, Topo comenzó a interrogar a todo viandante que se le ponía a tiro, y gracias a su conducción errante, aparecimos en un control de policía con barrera y todo. Sin darles tiempo a tomar la iniciativa a los maderos, nuestro compañero les atacó con su pregunta pertinaz: “¿Dónde hay un televisor conectado a InterSport, en el que podamos ver la carrera de F1?”

Los funcionarios de la barrera se dirigieron a la oficina del jefe de Policía, quien tras saludarnos, nos dijo: -¡Seguidme!-

Un poco confundidos, bajamos lentamente el talud de la carretera siguiendo al jefe de policía, que –a pie- nos precedía muy ceremonioso hasta que nos detuvimos ante su casa, donde nos introdujo en su dormitorio, sintonizó la tele con la tan ansiada carrera, nos invitó a estirarnos en ¡Su cama! repleta de cojines, y se marchó de nuevo a trabajar.

Quien esto escribe -poco aficionado a las carreras- se durmió inmediatamente sobre la cama del oficial, rodeado de primorosos y mullidos cojines, y a la hora y pico de competición narrada en portugués, levantamos el campo, nos fuimos hasta el despacho del jefe de Policía, le agradecimos el detalle, y le prometimos que al día siguiente volveríamos para ver el partido del Barcelona…

Realizando un perverso e imposible paralelismo, imaginábamos a cuatro paisanos malawís en un control de policía español, demandando ver un acontecimiento deportivo. Tampoco éramos capaces de imaginar a un comandante de la Benemérita abriendo su casa a los cuatro aficionados, dejarlos instalados en su cama, y regresar tranquilamente a su puesto de trabajo.

Creo que el tal Fernando Alonso no ganó la carrera, pero nosotros sí que ganamos algo más de cariño por los ciudadanos de un pequeño país africano de nombre desconocido, con una capital desconocida, y perdido en un continente también desconocido.

Texto: Leopoldo Álvarez

Fotos: Patrik Bergareche

Escrito por Play4Africa en Sin categoría el 26 Mayo, 2010. No hay Comentarios

DAR ES SALAAM, La Puerta de la Paz

Generalmente cuando me dicen que un lugar carece de interés, se me enciende una bombillita en algún rincón de la mente que me despierta la posibilidad de que alguien me está engañando, o de que no se ha enterado de nada. Cierto es también, que el recuerdo de los lugares va directamente relacionado con el estado de ánimo que nos acompaña al desembarcar en ellos.

Acampados en una maravillosa playa del Índico, las jornadas transcurrían plácidas y tranquilas bajo los cocoteros y sobre las aguas cálidas, compartiendo el ocio con el resto del equipo de esa locura a la que conocíamos como Play4Africa.

Los islotes coralinos poblaban el horizonte, y las piraguas de madera con velas de media luna salpicaban un mar azul como el añil…Pero al otro lado de la bahía, a un salto de diez minutos de ferry, se adivinaba la silueta de la ciudad de Dar es Salaam. Como un imán.

El esfuerzo para llegar a ella era notable, al tener que renunciar a la voluptuosidad de aquellas arenas, verme obligado a asaltar un “matatu” –los tenebrosos taxis colectivos-, lanzarme entre la marea humana que abordaba el ferry de Magogoni para atravesar la bahía, y pegarme un palizón desde el atracadero hasta la villa, escurriéndome entre la marea colorida que trepaba hasta la ciudad.

Y a la vista de la avenida portuaria de Kivukoni Front, un alineamiento de casonas coloniales confirmaba mis sospechas de que había sido mal informado, a la vez que una felicidad infantil y rudimentaria se apoderaba de mí.

Dar es Salaam me engullía, a la vez que mi espíritu se iba diluyendo entre la ciudadanía, compartiendo las aceras descascarilladas con un vendedor de gafas de sol y con una cimbreante ejecutiva que guiaba mi camino con la dulce mecanografía de sus pasos cortos dirigidos hacia la catedral de san José, de la que emanaban cánticos católicos en un ambiente de clara presencia musulmana. Y vecino a ella, el precioso templo luterano con su campanario colonial, con su reloj, con sus verjas de madera y sus techos luminosos de tejas rojas. Dar es Salaam es como una vieja hechicera que se va trasmutando en hermosa doncella a medida que me pierdo entre sus calles rectilíneas de casas bajas que evocan un pasado mestizo de estilos asiáticos coloridos, de austeros y elegantes caserones sajones, de casas portuguesas, y de blancas mezquitas urbanas.

Por esa luminosa autopista que es el océano Índico, llegaron a Dar es Salaam viajeros desde todos los horizontes. Y hoy, pasear sus calles es un ejercicio de imaginación, de evocación y de respeto. Dar es Salaam huele a maíz tostado, a pescado fresco, a gasolina mal quemada, a incienso, a tabaco de shisha y a perfume de mar.

Ya la tarde se va rindiendo entre ocres y malvas. Vuelan palomas. En el centro de la plaza, un monumento al askari, que carga  a la bayoneta en actitud fiera y arrogante para mayor gloria de la patria tanzana. Té a la menta en la terraza de un chiringuito árabe. La casa europea teñida de rosa comparte escenario con la mezquita encalada, de la que emana el cántico del maghrib, el último de la jornada.

¿Quién dijo que en Dar no había nada que ver?

Cuando asalto de nuevo el ferry de regreso a las playas de Kigamboni, el atardecer llega a su cenit. Una destartalada doha avanza crujiente por la bahía, impulsada por su elegante vela de media luna y por cuatro remos desesperados.

La gente sonríe a mi mirada

-¿De dónde eres, muzungu?-

-De España, creo- contesto dudoso.

Y feliz con esa duda oxigenándome el espíritu, me encaramo en un matatu en medio de los míos, esos tanzanos amables, sonrientes y próximos, que me hacen desear por un momento, renunciar a mi piel blanca para poder sumergirme de verdad en el alma africana que tan bien representa una ciudad tan bella como es Dar es Salaam.

Texto: Leopoldo Álvarez

Fotografia: Patrik Bergareche

Escrito por Play4Africa en Sin categoría el 19 Mayo, 2010. No hay Comentarios

Kenia; de cómo cambiar dinero en un barrio somalí para poder acceder al maravilloso parque de Ambosseli

Decidimos reemprender la marcha hacia el sur un domingo 2 de Mayo, dejando atrás a Sergi e Iñigo que se quedarían en Nairobi esperando el despacho de aduanas de nuestra carga. Esa misma mañana, Topo y yo nos dirigimos al barrio somalí de “Issilí” para realizar una misión especial: conseguir cambiar euros en moneda local en un día festivo para poder repostar gasolina antes de entrar en el Parque Nacional de Ambosseli. Un amigo trabajador de Médicos sin Fronteras para Sudán nos consiguió un contacto, Ahmed. La cita, a las siete y media de la mañana en el restaurante “Al Andalus” situado en el barrio somalí de “Issilí”.

Nos adentramos en “Issilí”, donde todavía la gente dormía tras una noche de sábado posiblemente muy ajetreada. Edificios en construcción y coches de lujo en un barrio supuestamente humilde. “Los somalíes siempre han sido muy honrados y gente muy astuta para los negocios, pero esta efervescencia no es natural. El dinero proveniente de los secuestros de occidentales en Somalia empieza a llegar a Nairobi y está financiando todo este desarrollo”, nos explicaría días más tarde un trabajador de la Unión Europea para Somalia. Esperando a nuestro hombre en “Al Andalus” y ante la presencia amable aunque de algún modo desconfiada del resto de comensales somalíes, Topo y yo nos pedimos el desayuno tradicional Somalí: una especie de Njera frita similar a una crèpe acompañada de una sopa caliente para untar y un té somalí, con su canela y su cardamomo.  Y por fin llegó Ahmed, un tipo joven, muy alto y sonriente. Nos contó que provenía de Kisimayo y que llevaba un par de años viviendo en Nairobi. “Más de la mitad de la población de mi ciudad ha huido. Ha muerto mucha gente durante los últimos años. Somalia es un país precioso pero que está siendo arrasado por las balas. Ya no es seguro vivir allí.” Nos acompañó hasta un puesto de zapatos de no más de 4 metros cuadrados donde el comerciante nos pidió los euros. No dábamos crédito. La tienda era una tapadera. “Saca tú primero los chelines” le dijo Topo al somalí. En ese momento, el comerciante y su ayudante comenzaron a sacar fajos de billetes de un cajón situado debajo del mostrador. No tenía suficientes así que, a grito pelado, le pidió a su vecino que tenía una tienda de cinturones que le alcanzara más dinero. El vecino, abrió una falsa trampilla escondida bajo una escalera y con dos sobres en la mano se acercó a nosotros. Y allí estábamos nosotros, dos blancos con varios miles de euros en el bolsillo en pleno barrio somalí un domingo por la mañana esperando recibir dinero keniata de origen dudoso por parte de tres somalíes que contaban los billetes a la velocidad de la luz. “Ahora es cuando nos dan el palo”, le dije a Topo apoyado en aquel mostrador de zapatos sonriendo pero con un nudo en el estómago mientras Ahmed nos guiñaba el ojo. Pero no, los somalíes, respetados en toda Africa, cumplieron su palabra y “el equipo de operaciones especiales” logró su cometido. “Los Somalíes son personas muy nobles y además tienen las mujeres más guapas de Africa!”, comentó Topo mientras nos alejábamos ya del barrio.

Con la sensación de haber hecho los deberes dejamos un Nairobi lluvioso para dirigirnos al parque de Ambosseli, donde Julio y Elisa pudieron filmar escenas de cientos de elefantes cruzando entre nuestros vehículos permanentemente vigilados por el majestuoso monte Kilimanjaro, el techo de Africa. Cenamos en el Tawi Lodge regentado por Dominique y allí nos encontramos con un viejo amigo de Nairobi Riz, un piloto de globos aerostáticos, que nos dijo “me encanta Ambosseli por la presencia del Kilimanjaro. Cada día se ve distinto y es como si estuviera animado. Deberíais verlo desde el aire, es como si te hablara”. Play4Africa no consiguió hablar con el Kilimanjaro pero sí con muchos keniatas, con los que interactuamos a lo largo del camino. Gente pobre pero rica a la vez. Sonrientes y con sentido del humor. “Asante sana na Karibu tena Kenya”, os estamos muy agradecidos y sereis beinvenidos de nuevo en Kenia, nos decían insistentemente.

Escrito por Patrik Bergareche en Sin categoría el 12 Mayo, 2010. Comentarios (2)

Kenia; una de cal y otra de arena

En Nairobi, recibimos la visita de José Manuel, Manolo y Estela. Los dos primeros se quedarían con nosotros hasta Dar Es Salam, mientras que Estela es ya en estos momentos una expedicionaria más y estará con nosotros hasta el final del viaje. Unos días más tarde recibimos la visita de Robert y Xabi, y de David y Nuria que estarían con nosotros hasta Dar Es Salam.

Nuestros días en Nairobi tuvieron cierta similitud con la etapa de Alejandría. Nueve días estancados pendientes de recibir el conteiner que venía por mar a Mombasa y la carga que venía por avión a Nairobi. Habíamos logrado hacer todas las entregas previstas desde Egipto hasta Kenia y necesitábamos ese material para poder continuar con nuestro plan. Mientras unos lidiaban incansablemente con las aduanas y agentes del gobierno para liberar el paso de nuestro material, otros hacían las entregas con el material que nos quedaba. Pudimos donar 1500 mosquiteras a un proyecto de AMREF en Kiwezi tras visitar su dispensario de Dongoni que atiende a las personas enmarcadas en el proyecto “People living with aids” y 240 equipaciones de fútbol completas en Kibera, la mayor barriada de Africa Occidental. Play4Africa se acercó una vez más a los problemas del agua, la malaria y el sida y consiguió alterar por unas horas la monotonía de la injusta vida de estas poblaciones. Un partido de fútbol en Kibera nos unió a keniatas y españoles durante un rato y pudimos comprobar que la comunicación a través del deporte es tan válida como cualquier otra. El partido funcionó como un antídoto fugaz para combatir la cotidiana miseria de los niños de Kibera. En palabras de Jack, antiguo niño de la calle y actualmente profesor de estos niños, “el fútbol no sólo sirve para que los niños de la calle se diviertan sino también para que se enmarquen en un sistema de reglas donde no todo vale. Además, el fútbol nos ayuda a combatir la  desconfianza que tienen entre ellos a través del juego en equipo”.

Uno de nuestros días lluviosos de Nairobi amaneció con una mala noticia. La carga de Mombasa destinada al campo de refugiados de ACNUR en Dadab no llegaría a tiempo para que nuestro convoy pudiera hacer la entrega antes de pasar a Tanzania. La carga de avión sin embargo sí puedo llegar a tiempo para que pudiéramos continuar con nuestras entregas en Tanzania. Una de cal y otra de arena. Un pequeño comité de la expedición regresará a Kenia una vez acabado el mundial de fútbol con el fin de hacer la entrega de Dadab.

Vídeo de: KIBERA Imagen Julio Recio, Montaje Estela López

Texto de Patrik Bergareche

Escrito por Patrik Bergareche en Sin categoría el 7 Mayo, 2010. No hay Comentarios

Kenia; Chinos y bandidos en nuestro camino a Nairobi

“Karibu Kenya” indicaba en swahili un cartel en la frontera Etiope-Keniata de Moyale. Justo al lado del banco al que me acerqué a cambiar dinero. En el interior silencio y una cola formada por cinco locales y un viajero con rasgos asiáticos que me sonreía mientras yo explicaba en swahili macarrónico que lo que quería era cambiar euros por chelines keniatas. De repente, se me acerca para preguntarme el tipo de cambio del día y se presenta. “My name is Jay, and I come from China”. Tras intercambiarnos unas palabras me explica que viaja solo y a pie y que tras tres horas merodeando por Moyale, no ha sido capaz de averiguar la forma de llegar hasta Nairobi.

Supongo que por compasión o por solidaridad con el viajero, decido invitar a Jay a unirse a nosotros tras consultarlo con el resto del equipo. Además, llevábamos desde Sudán observando la presencia de los chinos en Africa, y pensé que podría ser muy interesante viajar con él.

Los chinos han construido en menos de quince años carreteras que los europeos no hemos conseguido hacer en más de cincuenta años de cooperación en Africa. Una cooperación controvertida por estar excesivamente ligada a los intereses de las empresas chinas pero al mismo tiempo muy efectiva, tal y como me explicaba Jay. Al fin y al cabo, China cuenta con una capacidad excesiva de producción y ve a Africa como una ampliación de su territorio, donde sus empresas pueden trabajar a sus anchas. Los fondos Chinos pasan por los gobiernos africanos para acabar en manos de los empresarios chinos. La maquinaria, los materiales y los ingenieros son chinos. Los trabajadores son Keniatas. Y la realización de los proyectos de infraestructuras está garantizada precisamente porque los hacen ellos mismos, a diferencia de la mayor parte de los países donantes que tienen que dedicar parte de sus presupuestos a la contratación de auditorías que velen por la correcta ejecución de los proyectos por parte de los locales. “Por lo menos la actividad de los chinos favorece el desarrollo asegurando la construcción de las carreteras y activa empleo, y como además no cuestionan el incumplimiento de los derechos humanos, los gobiernos africanos están encantados” me decía Jay.

Delante de nosotros la temida ruta de Moyale a Issiolo. Conocida y anunciada en los guías de viaje como uno de los puntos más conflictivos para los viajeros de la ruta Cairo-Ciudad del Cabo, por la precariedad de sus pistas, la falta de transporte público, y la presencia de los siftas o bandidos.  Quinientos kilómetros de pistas de arena, paisajes de arbustos y prácticamente ninguna población. En este desierto verde, que es como llaman los locales a esta zona, testamos nuestros vehículos Kia que respondieron a la perfección. Nos quedamos estancados en dos ocasiones en el barro, y tuvimos que ir a una velocidad media de treinta kilómetros por hora en varias etapas, pero pudimos comprobar que los Kia Sorento valen para viajar por Africa. Acampamos en medio de la nada a medio camino entre Moyale e Issiolo, y Leo que casi siempre duerme “à la belle étoile” recibió la visita de una hiena mientras dormía. “Yo oí unos ruidos en torno a las tres de la mañana y me desperté. Luego ví un bulto que se movía pero no pensé que sería una hiena!” dijo Leo por la mañana mientras nos enseñaba las pisadas de su visitante.

Esa misma tarde, atravesamos la tierra de los Samburus también conocidos como los hombres mariposa y Juan y Ale recogieron en su coche a dos de ellos que hacían autostop en el camino. La imagen no tenía desperdicio, dos samburus con lanzas y adornos tribales metidos en la parte trasera de uno de nuestros Kias mientras Jay iba sentado a la derecha de mi coche. “Ahora sí que parecemos un Comité de las Naciones Unidas” comenté por radio. Tras dejarles en su punto de destino, Juan y Ale aprovecharon el favor para solicitarles una sesión fotográfica. Los hombres mariposa, se arreglaron el uno al otro el pelo y se colocaron bien los adornos. La tribu de los samburus es de las más guerreras de Africa pero también de las más presumidas.

Con cierta sensación de victoria, llegamos a Issiolo tras tres días de ruta solitaria atravesando la nada y fue allí donde un miembro del Gobierno nos explicó que habíamos tenido suerte de que este año había caído suficiente agua en la zona y los siftas estaban entretenidos con sus cultivos y su ganado. Son los propios agricultores los que, desesperados por la falta de comida y agua, atacan a los viajeros.

Entrando en Issiolo, estrenamos el reluciente asfalto chino y Jay iba saludando a sus compatriotas a medida que íbamos avanzando. “Cada veinte kilómetros hay un ingeniero chino que controla al resto de trabajadores. Estos ingenieros ganan unos dos mil dólares al mes, mucho más de lo que ganarían en mi país”, apuntaba Jay. Ingenieros con la piel tostada y sombreros de ala ancha para protegerse del sol. De camino a Nairobi, pasamos por las faldas del monte Kenia y paramos en Nanyuki donde con la ayuda de un viejo amigo de Topo, Ben, revisamos los vehículos antes de reemprender la marcha hasta la capital de Kenia. Una vez en Nairobi, nos despedimos de Jay y montamos nuestro campamento base en el camping “Jungle Junction” situado en el barrio de Levington, un lugar idóneo para conocer a otros viajeros  e intercambiar aventuras e impresiones. Para algunos de nosotros, estar en Nairobi era como estar en casa y después de las etapas superadas llegar a Nairobi suponía llegar a la comodidad de la ciudad más desarrollada de Africa Oriental.

Escrito por Patrik Bergareche en Sin categoría el 5 Mayo, 2010. No hay Comentarios

Sensaciones de Etiopía (2)

Pues bien, una tarde los faranji de Play4Africa aterrizaban en las instalaciones de una misión católica gestionada por hermanas salesianas italianas, entre las que se encontraba Nieves, un pedazo de mujer madrileña, un torbellino de buen humor y un ejemplo de vida entregada a los demás que te reconcilia con la especie humana, con la que Ale, nuestra encargada de las entregas solidarias había contactado, y que se hallaba a la espera de la expedición.

Probablemente, la estancia en el convento salesiano fue una de las mejores experiencias del viaje hasta el momento, pues los dos días pasados allí, nos reconfortó de las incomodidades de haber atravesado Egipto y Sudán en condiciones muy duras de acampada y hoteles de mala muerte, como el tristemente recordado de Wadi Halfa.

Sábanas limpias, ducha caliente y comida bien elaborada, convirtieron nuestra estancia en Ziway en una antesala del Paraíso. Con Nieves, una parte del equipo visitó los diversos proyectos de desarrollo llevados a cabo por el Centro en el entorno de la ciudad, mientras que otros, más interesados por las nuevas tecnologías, asistíamos a la fabricación y puesta a punto de las espectaculares cocinas alimentadas por energía solar desarrolladas en el Centro. Giuseppe, un simpático fraile italiano, me demostró que en media hora prepararía un suculento asado con una de las cocinas, que ambos acabamos degustando con las manos, sentados en la acera en el tiempo acordado.

También era divertido y estimulante, ver cómo ilustraba a un par de jóvenes amas de casa en la utilización de las  cocinas que luego se instalarían en sus hogares. Observar a las chicas ataviadas a la forma tradicional, con sus ollas de cocina esmaltadas de flores, manipulando aquellas enormes pantallas solares bruñidas como la plata, era una experiencia divertida, pero a la vez arrojaba luz sobre personas como Giuseppe, cuyos conocimientos técnicos no están encaminados a la acumulación de fortunas materiales, sino que los ponen a disposición del desarrollo de sus semejantes. Personas anónimas y discretas, íntegras y muy lejanas de esos personajillos despreciables que tanto verdean en sociedades como la nuestra. ¡Bravo por Nieves, Giuseppe y sus compañeros!

Y la “entrega”. La entrega es el nombre que en Play4Africa utilizamos para denominar el acto de desembarcar las diversas donaciones de equipamientos que llevamos a bordo del camión de Fernando.

El campo de deportes del colegio salesiano, contaba con un escenario. Todo estaba preparado por las monjas. Más de un centenar de niños y niñas abarrotaban el lugar, y en el momento de la entrada de los miembros de la expedición con los fardos de artículos deportivos y balones, cantaron como los ángeles una preciosa canción de bienvenida. Emocionante, hermoso y espectacular. Hasta el atardecer jugamos con los críos, tomamos el café tradicional etíope, y repartimos el pan elaborado por las monjas, a cada niño a la hora de salir del recinto para volver a sus casas.

El conocer cómo funcionan los centros misioneros en África, arroja nueva luz sobre el papel de la Iglesia en el mundo. Quienes nos reservamos opiniones y creencias. Quienes desconfiamos de dogmas y organizaciones basadas en entelequias como la fe, quienes no creemos en el fasto y la distancia de políticos y profetas alejados de los pueblos, hemos de quitarnos el sombrero ante la labor de los misioneros en África. Porque moviéndose en la delgada línea que separa los dogmas dictados desde la lejana Roma y la dura realidad cotidiana de las poblaciones afectadas por las plagas del SIDA y la malaria, realizan una labor más próxima a la justicia social, que a la hipócrita caridad, tan socorrida por quienes se lavan las manos y las conciencias con sólo soltar una limosna “para los negritos de África”.

Tiempos en los que el mundo actual se ha fraguado en base a revoluciones, y no gracias a las limosnas de los ricos para con los pobres. Las sobras han de ser para los perros, y no para nuestros semejantes.

Etiopía, un país hermoso. El lago Tana donde nace el Nilo Azul, Bahir Dar una ciudad pequeña y acogedora, Addis Abeba depauperada pero orgullosa, las suaves colinas cruzadas por una carretera poblada como un río de vida, una población pobre pero no mísera, una historia llena de mitos, como aquella dinastía que arranca en Salomón y la reina de Saba…

Etiopía, la tierra del León de Judá, el Elegido de Dios, el emperador que llevaba una vida errante, seguido por una ciudad nómada cuyas tiendas abrigaban la corte de justicia, la administración, la jefatura del ejército…

El rey gobernaba desde su inmensa tienda blanca cubierta por un velo. Sus súbditos no podían verle a los ojos más que en Navidad, la fiesta de la Cruz y la Pascua. A cada palabra suya, a cada movimiento, los dignatarios habían de postrarse y besar el suelo…

Etiopía, la tierra del sorprendente rey de reyes Haile Selassie, de Sashemene, la ciudad-mito de los rastafaris, de las iglesias rupestres de Lalibela, talladas en la roca madre…

Etiopía, la etapa número tres de nuestra ruta solidaria quedaba atrás, dejándonos un sabor dulce y una sensación de ternura hacia sus gentes orgullosas, sencillas, y ciudadanas de un país que siempre fue libre. ¿Volver a ella? Es lo que deseamos.

Texto: Leopoldo Alvarez

Fotografía: Patrik Bergareche

Escrito por Play4Africa en Sin categoría el 4 Mayo, 2010. No hay Comentarios

Sensaciones de Etiopía (1)

Dos cosas caracterizan a Etiopía: La primera, es que todo el mundo lleva un palo. La segunda, que el ganado pasta en el asfalto. A partir de ahí, consideraremos que nos movemos en un país extraño o por lo menos, especial.

Viniendo de Sudán, país islámico por excelencia, Etiopía se nos muestra pobre y humilde. Parece que Allah trata mejor a sus correligionarios que Jesucristo a los suyos…

Etiopía, el país de los “caras quemadas” según los griegos, y el único cristiano en una geografía donde el Islam es quien triunfa. Un territorio hermoso, poblado por gente pacífica y orgullosa que nunca fue colonizado a lo largo de su historia, excepto durante una breve etapa de presencia italiana, que no dejó ninguna huella en la tierra del León de Judá.

Hasta el nombre de su moneda es extraño: el Birr, y su cristianismo, el más próximo a la Biblia de aquellos primeros cristianos verdaderos, revolucionarios y anti-imperialistas que le plantaron cara a la mayor potencia imperial de la época: Roma. Y ese cristianismo ortodoxo al que definen como copto, ha sido el aglutinante de una nación orgullosa y voluntariamente aislada de las corrientes políticas, culturales y religiosas de todas las épocas.

La expedición de Play4Africa recorrió el país de norte a sur, entrando desde el árido Sudán por la frontera al noroeste de Gondar,  y realizando su primera escala en Bahir Dar, a las orillas del lago Tana.

Quienes ya conocían el país, nos habían anunciado un territorio de suaves colinas. Un paisaje que comenzaba a arrugarse justo al atravesar la frontera como contraste con las llanuras sudanesas, resecas y eternas. El espíritu comenzaba a esponjarse cuando los verdes empezaban a pincelar el panorama, y las curvas, pendientes y riscos hacían más entretenida la conducción de los vehículos. También abandonábamos el calor reseco del desierto, y comenzábamos a disfrutar de una suave brisa montañesa que alimentaba el ánimo.

La despoblación de los últimos días había desaparecido de repente: La carretera era una ciudad estirada y kilométrica, bordeada de casas muy humildes, saturada de gentes circulando por ambos márgenes en una procesión continua, que por momentos hacía pensar en una migración de ida y vuelta. Gentes espigadas y elegantes. Cimbreantes ellas, y con un palo y una sencilla túnica, ellos.

La hora de comer nos sorprendió en un prolongado ascenso, de colinas bajas pobladas de eucaliptos. Como de costumbre, instalamos un comedor de emergencia al borde de la carretera, con la intención de preparar los bocadillos.

Inmediatamente nos vimos rodeados por una multitud curiosa, atenta a los menores detalles de nuestra operación de avituallamiento, lo que venía a confirmar que Etiopía contaba con una densidad de población de las más altas de África, además –por lo que se ve- de las más curiosas. Gente comunicativa y abierta, desenvuelta y coqueta, muy alejada de los cánones impuestos por la losa del Islam. Los escotes de las chicas lo atestiguaban, y su desparpajo también.

El alfabeto amárico es una seña de identidad ineludible, presente en toda la cartelería oficial y popular que adorna calles y plazas. Una tipografía bellísima que no se parece a ninguna otra, ininteligible para nosotros y un idioma igualmente extraño, que para consuelo de los visitantes es difícil también para los mismos etíopes, y si en Sudán a los blancos se nos llamaba hawaia, en Etiopía se nos conocía como faranji.

Los dramáticos años de sequía en la década de los 80 habían quedado atrás, y los valles cultivados hasta el delirio, se veían poblados por enormes rebaños de vacas lustrosas que utilizaban el asfalto de las carreteras para sus traslados, en pugna con las dos filas interminables de peatones…y con los coches.

Texto: Leopoldo Alvarez

Fotografia: Patrik Bergareche

Escrito por Play4Africa en Sin categoría el 3 Mayo, 2010. No hay Comentarios

Sudán meditado

Tras un viaje endemoniado en el ferry egipcio “Sinaí” que nos traía desde Asuán, atracamos una mañana de plomo derretido en Wadi Halfa, un poblado disperso, destartalado y polvoriento, en el que habremos de pasar varios días esperando a los vehículos, que llegarán –o no- a bordo de una barcaza, averiada a la altura del templo de Abu Simbel. Será probablemente la venganza de ese faraón loco y megalómano que era Ramsés II, Dios del Bajo y Alto Egipto, que edificó ese templo soberbio en el límite de los dos imperios para mayor gloria de él mismo y de su esposa Nefertari.

Y nuestros coches y camiones, a la deriva sobre las aguas embalsadas del Nilo. Y nosotros hospedados en un supuesto hotel que realmente parecía una antigua prisión reconvertida. Con sus verjas, su patio interior, sus números pintados sobre las puertas de hierro, sus cerrojos y sus candados, sus cucarachas y sus camastros, curtidos por los sudores de mil viajeros llegados desde todos los horizontes hasta ese rincón del mundo en el que el polvo era el rey.

Wadi Halfa. Con una supuesta plaza limitada por cuatro restaurantes colocados sin ninguna vocación urbanística, un pequeño santuario y una montaña que parecía por su color y forma, la mismísima pirámide de Keops.

Los días pasaban monótonos y polvorientos, entre el hotel y la plaza.

Y para el Internet, un reducto sombrío y desordenado, perdido entre las calles rectilíneas y excesivamente anchas, que proveía a los viajeros de los servicios de Wi-Fi, y que pese a las enormes limitaciones de sus posibilidades titubeantes, se convirtió durante esos días en el único punto de conexión de los expedicionarios de Play4Africa con el resto del mundo.

Dos de los restaurantes situados en la plaza, eran propiedad de Said, un egipcio alejandrino, excesivo, gritón y mediterráneo, que con su paciente esposa y sus guapísimas hijas Safaa, Heba y Apier, atendían a los clientes con un trato familiar, que llegaba a permitirnos usar su cocina para elaborar media docena de exquisitas tortillas de patatas, como homenaje a la lejana tierra.

Y lo que era una plaza inhóspita y polvorienta durante el día, se transformaba en un espacio acogedor y colorido al atardecer, gracias a las bombillas de colores, el humo de los chiringos, la música de los televisores, y la afluencia de ociosos a las terrazas improvisadas.

Allí conocimos a Ibrahim, un marinero árabe de corazón negro, extrañamente ilustrado, que se expresaba en un perfecto inglés, con el que debatíamos sobre el bien y el mal hasta altas horas de la noche. Entre vasos de té y shishas, la ceremoniosa pipa de agua, aprendíamos y él aprendía. Por él supimos que a los blancos se nos llamaba hawaias en Sudán, por él supimos que a pocos kilómetros de allí había cocodrilos de 5 y 6 metros, y a él –una noche de confidencias- le comentaba:

-Ibrahim, yo soy de un pueblo marinero y comprendo tus problemas y tu preocupación por el porvenir de tus hijos. Sé que corren tiempos flacos para los pescadores. Pero lo que me admira, es que una persona anclada en el fin del mundo, pueda expresarse en inglés y transmitir ideas profundas sobre la sociedad, sobre la vida y sobre el trabajo como tú lo haces-.

Y al amigo Ibrahim se le escapaba la mirada hacia donde estaba el infinito, y se quedaba pensando en sus cosas, para luego arrancarse de aquella abstracción momentánea con una nueva idea fatalista que era consustancial con su alma árabe. Gentes de inteligencia poderosa pero irremediablemente pesimistas.

Una noche le dijimos a Ibrahim que al día siguiente nos marchábamos, pues los vehículos habían llegado. Quedamos en vernos antes de la partida, para despedirnos. Y pese a la premura de los últimos preparativos para desayunar y cargar los coches, me pasé la mañana escaqueado, tomando un café y fumando una shisha en el restaurante de Said, esperando al marinero.

Hasta que el egipcio, notando mi impaciencia, me dijo resignado:

-Hawaia, Ibrahim no va a venir. Los árabes somos así. Dejamos las cosas como están, y no nos gusta despedirnos de la gente a la que queremos-.

-Pero de ti, sí que tengo que despedirme –le dije-.

Y aquel animal gritón y excesivo, se vino abajo. Me abrazó, me besó en la cara y apartó de sus ojos un par de lagrimones sinceros que traicionaron su imagen de tipo dominante y prepotente.

-¿Volveréis por aquí?-

-No lo sé, Said, no lo sé- Besa a tu mujer y a las niñas de mi parte- Y a Ibrahim, claro- Y que Allah, si está allá arriba, le de muchos peces, pues de lo demás anda sobrado.

Esa mañana nos largamos desierto adelante en busca de un sueño: Meroé. Un lugar con el que había soñado desde hacía años. Uno de esos sitios que se graban dentro de uno, y que a lo largo del tiempo se van convirtiendo en una obsesión.

Cuando todavía no había decidido añadirme a la expedición de Play4Africa, me llegó por e.mail el itinerario del viaje. Entre aquel maremágnum de nombres exóticos, de lugares en los que se habrían de entregar las ayudas que transportaríamos y de kilómetros detallados de la ruta, aparecía el nombre de mis sueños: Meroé. Y entonces dije que sí.

Y ahora, triste por dejar a mi gente atrás, con un incierto destino de cuatro meses condenado a convivir con 13 personas a las que no conocía, con un cansancio creciente debido a los inconvenientes de un viaje que se fue complicando, me veía atravesando un país extraño, tomado por las fuerzas de seguridad, con la amenaza latente de que “algo” nos podría suceder, debido a una campaña electoral muy crispada. Aquí me veía yo caminando hacia Meroé, la cuna de la XXV dinastía, la de los faraones negros.

El desierto del norte de Sudán, no es como esos desiertos a lo que estoy acostumbrado. Lejos del Sahara argelino, inmenso, luminoso, de cordilleras imponentes alternadas por cadenas de dunas imposibles como montañas, de palmerales inesperados, surcados por esporádicos grupos de nómadas silenciosos y orgullosos como reyes…Lejos de las interminables cadenas de dunas mauritanas, doradas y vivas, escondiendo ciudades perdidas, salpicadas todas ellas por campamentos de tiendas blancas y gentes hospitalarias y generosas, lejos también de ese Marruecos familiar, amable y colorido, con sus fortalezas rojas protegiendo los palmerales y el agua…

El desierto de Nubia es polvoriento, plano, grisáceo, monótono, despoblado y devorador de todas las paciencias. Ni siquiera la proximidad el padre Nilo es capaz de mitigar tanta desolación. Ocho, diez, doce horas de naturaleza aburrida, feroz e inmisericorde. Demasiadas horas esperando por algo que no va a suceder nunca. Mucho tiempo anhelando ver alguna señal de vida, algún atisbo de belleza. Ni siquiera una acacia proyectando su sombra avara sobre un suelo traicionero y espinoso, poblado quizás por algún escorpión despistado, es capaz de suscitar un gramo de esperanza. Y el calor, reforzando aquella sensación de soledad, silencio y tristeza, como un castigo no merecido, como un pesado peaje que condenase a todo el viajero que se aventurase a atravesar aquellos parajes ignorados.

Y tras tanta hora de desazón y desaliento, el panorama se arruga por la zona de babor. La superficie polvorienta se transforma en una sucesión de dunas doradas como las de mis recuerdos, trepando entre formaciones volcánicas negras como el azabache. Una belleza repentina ilumina el paisaje a nuestra izquierda, y en el horizonte se ve claramente la silueta de una sierra que apunta con sus dientes hacia un cielo ya claudicante, de amarillos y ocres.

¡Las pirámides de la necrópolis real de Meroé! Metemos el coche por el pedregal, pero damos media vuelta para buscar el camino verdadero. La precipitación me gana. Yo conduzco, mientras Iñigo –que conoce el lugar- me guía. Toda la caravana nos sigue por una pista que apunta hacia las pirámides, pero que se orienta hacia otro valle, más a la derecha, donde acamparemos.

Se trata de una hoya mineral enorme. Un circo rodeado por plataformas negras de basalto negro, alternado por la pulcritud virginal de las dunas doradas, luchando ambos fenómenos por su protagonismo en el decorado.

Mientras los demás se desperezan al bajar de los coches, me embalo como quien corre en pos del amor, colina arriba. Los pies se me entierran en la pendiente de la duna que trepa por la ladera. Ya en lo alto, triunfo sobre el basalto negro, y ante mí, a poco menos de una docena de metros, se alzan como soberbios monstruos de estructura mineral perfecta, cuatro pirámides negras.

Con el alma encogida, lanzo la mirada hasta más allá de las extrañas construcciones, para descubrir en la otra orilla de la vaguada, un grupo de más pirámides que procedo a enumerar: Diez, veinte, treinta, ¡Cuarenta! …¡Más de cuarenta!

¡La necrópolis soñada! ¡Las sepulturas de los reyes meroitas delante de mí! Ancladas como visiones espectrales sobre la arena, las pirámides negras con sus templetes coquetos adosados, posaban para este pobre peregrino.

Fácil describir la imagen, pero imposible hacerlo con la atmósfera de soledad, abandono, misterio y enigma que transmitían aquellas magníficas sepulturas, elevadas cuando ya los egipcios hacía mil años que dejaron de construir pirámides.

Omito aquí los detalles históricos que deberían acompañar estas líneas, para centrarme únicamente en las sensaciones recibidas. Lejos de cualquier asentamiento urbano, el conjunto real se nos presenta como si fuésemos nosotros los bendecidos por la fortuna para descubrirlas. Ni un alma, ni un cartel, ni un cable, ni un vehículo, ni un sonido ajeno al del viento o al crujir de nuestras propias pisadas…Soledad y soledad. Abandono y abandono. Silencio y silencio. Tiempo, misterio, imaginación, emoción, enigma, enigma y enigma.

Pasé el atardecer tumbado sobre la arena, tras haber curioseado dentro de cada templete, observando los grabados de corte egipcio pero de rasgos marcadamente negroides y acariciando cada estructura, disfrutando con los juegos de líneas creadas entre las curvaturas de la arena y la rectitud geométrica de las paredes inclinadas, imaginando a aquellas gentes líricas, sanguinarias y golosas de poder que dominaron Egipto entre los años 713 al 664 antes de Cristo, hasta que la instauración del poder asirio provocó la decadencia de la dinastía de los faraones negros.

Y quien en aquel lugar sólo es capaz de ver un inútil bastión de piedras muertas o de derruidas arqueologías, es que carece de corazón, sensibilidad y romanticismo. La necrópolis real de Meroé, es la música de lo enigmático, y sus impresionantes pirámides negras están construidas con el material con el que se tejen los sueños.

El tiempo se nos echaba encima. Tras los días ¿perdidos? En Wadi Halfa y el rodeo para llegar hasta Meroé, era necesario partir al alba rumbo a Kassala, donde se habría de realizar una entrega de material destinado a los campos de refugiados gestionados por ACNUR. Así que ya, rompiendo la madrugada, se empezó a levantar el campamento. En previsión de no tener que desmontar mi tienda de campaña, dormí al raso. Eso me permitiría una última ascensión hasta la cornisa para despedirme de “mis” pirámides. Todavía me pude permitir un paseo entre aquellos monumentos que transmitían tristeza concentrada, y una gran sensación de historia en cada piedra. A la hora solemne del amanecer, el ambiente apretaba el alma.

Probablemente nunca vuelva a Meroé. Pero como siempre acostumbro a hacer cuando salgo de un lugar especial, metí en el bolsillo un pequeño trozo de piedra caído del estómago de una de aquellas pirámides. Y cada vez que –ya en casa- acaricie aquel trocito de historia, cerrado los ojos, estaré de nuevo allí, tumbado sobre la arena, sintiendo el latido del misterio debajo de mi cuerpo derrotado.

Esa mañana era la del día de las elecciones, y el ambiente no estaba para bromas. Un helicóptero curioso se entretuvo sobrevolando a la caravana, mientras que en cada cruce, un control del ejército sudanés ejercía su labor amenazadora controlando a quienes por allí pasaban. Ningún problema para nosotros, sino más bien todo lo contrario: Amabilidad y cortesía. ¡Tanta alarma para nada! Cierto es que las carreteras se encontraban vacías, al haberse restringido la circulación de todos los ciudadanos sudaneses fuera de sus ciudades, pero eso nos ayudó, haciendo muy cómodo el viaje por carretera.

La ruta hasta Kassala resultó una pesadilla, por lo monótono y aburrido. El desierto de El Bedja continuaba cobrando su peaje de desgaste y tedio, recalentando el motor de uno de los camiones, y reventando un neumático de otro. Llegamos ya de noche, agotados, a una masa oscura de casas que resultó ser Kassala. A la entrada de la ciudad, nos esperaba un comité de recepción que nos llevó ante el ministro de deportes de la región. Discursos y más discursos que comenzaban: “En el nombre de Allah, el Clemente y Misericordioso…” a cargo de personajes vestidos con túnica blanca y turbante también blanco. Agua fresca, hospedaje, desayuno copioso y el resto del día siguiente, dedicado a desembarcar toda la paquetería del camión en los almacenes centrales del ACNUR.

3500 pares de botas, 800 balones y equipamientos para 10 equipos de fútbol. Material deportivo donado por Esport Solidari Internacional en tremendos paquetes…todo destinado a los campos de refugiados plantados en los alrededores de Kassala, donde el gobierno sudanés ha acogido a 60.000 refugiados en 12 campos que dependen del Alto Comisionado de la ONU. En su mayoría eritreos huidos de su país a causa de las militarizaciones forzosas, se eternizan entre cuatro muros, dándose el caso de familias que cuentan entre sus miembros con tres generaciones de refugiados que no han conocido más horizonte que los muros de esas ciudades de fortuna –mala, por cierto- levantadas para pobres en un país también pobre, ante la pasividad cada vez mayor, de una comunidad internacional insensible e hipócrita, ensimismada en sus pequeños problemas, es sus pequeñas crisis, en sus pequeñas miserias y en sus pequeños vicios. Por una vez, los olvidados de la Tierra recibirán un regalo distinto a las pobres limosnas de comida que la mencionada “comunidad” les destina.

Se visita el campo de refugiados de El Ghirba, la clínica gestionada por Appel Internacional en coordinación con ACNUR, el Centro del Creciente Rojo equivalente a nuestra Cruz Roja, y el Refugees Settlement Administration, en Sowek.

El resto de la estancia de Play4Africa en Sudán, resulta igualmente tranquila en su viaje hacia la frontera con Etiopía.

Sudán es el país más grande de África, prácticamente cerrado al turismo debido a un régimen islamista que mantiene abiertos varios frentes de confrontación con comunidades integradas en su territorio, pero de ideas religiosas y políticas opuestas a las mantenidas por la línea oficial.

Sudán, al que todos los informes recibidos por Play4Africa señalaban como la bestia negra del viaje, resultó un país agradable, de gente entrañable no maleada por el turismo de masas, hospitalaria, sana y curiosa.

Sudán permanece en la memoria de los expedicionarios como una de las experiencias más estimulantes del viaje, gracias a la buena acogida de la gente de a pie y de sus autoridades. Difícil será volver, pero todos sabemos que este país enorme y entrañable, pesará siempre en la parte positiva de la balanza, por parte de quienes conformamos esa utopía posible, que es la expedición transafricana de Play4Africa.

Texto: Leopoldo Alvarez

Fotografía: Patrik Bergareche

Escrito por Play4Africa en Sudán el 1 Mayo, 2010. No hay Comentarios