Tras un viaje endemoniado en el ferry egipcio “Sinaí” que nos traía desde Asuán, atracamos una mañana de plomo derretido en Wadi Halfa, un poblado disperso, destartalado y polvoriento, en el que habremos de pasar varios días esperando a los vehículos, que llegarán –o no- a bordo de una barcaza, averiada a la altura del templo de Abu Simbel. Será probablemente la venganza de ese faraón loco y megalómano que era Ramsés II, Dios del Bajo y Alto Egipto, que edificó ese templo soberbio en el límite de los dos imperios para mayor gloria de él mismo y de su esposa Nefertari.
Y nuestros coches y camiones, a la deriva sobre las aguas embalsadas del Nilo. Y nosotros hospedados en un supuesto hotel que realmente parecía una antigua prisión reconvertida. Con sus verjas, su patio interior, sus números pintados sobre las puertas de hierro, sus cerrojos y sus candados, sus cucarachas y sus camastros, curtidos por los sudores de mil viajeros llegados desde todos los horizontes hasta ese rincón del mundo en el que el polvo era el rey.
Wadi Halfa. Con una supuesta plaza limitada por cuatro restaurantes colocados sin ninguna vocación urbanística, un pequeño santuario y una montaña que parecía por su color y forma, la mismísima pirámide de Keops.
Los días pasaban monótonos y polvorientos, entre el hotel y la plaza.
Y para el Internet, un reducto sombrío y desordenado, perdido entre las calles rectilíneas y excesivamente anchas, que proveía a los viajeros de los servicios de Wi-Fi, y que pese a las enormes limitaciones de sus posibilidades titubeantes, se convirtió durante esos días en el único punto de conexión de los expedicionarios de Play4Africa con el resto del mundo.
Dos de los restaurantes situados en la plaza, eran propiedad de Said, un egipcio alejandrino, excesivo, gritón y mediterráneo, que con su paciente esposa y sus guapísimas hijas Safaa, Heba y Apier, atendían a los clientes con un trato familiar, que llegaba a permitirnos usar su cocina para elaborar media docena de exquisitas tortillas de patatas, como homenaje a la lejana tierra.
Y lo que era una plaza inhóspita y polvorienta durante el día, se transformaba en un espacio acogedor y colorido al atardecer, gracias a las bombillas de colores, el humo de los chiringos, la música de los televisores, y la afluencia de ociosos a las terrazas improvisadas.
Allí conocimos a Ibrahim, un marinero árabe de corazón negro, extrañamente ilustrado, que se expresaba en un perfecto inglés, con el que debatíamos sobre el bien y el mal hasta altas horas de la noche. Entre vasos de té y shishas, la ceremoniosa pipa de agua, aprendíamos y él aprendía. Por él supimos que a los blancos se nos llamaba hawaias en Sudán, por él supimos que a pocos kilómetros de allí había cocodrilos de 5 y 6 metros, y a él –una noche de confidencias- le comentaba:
-Ibrahim, yo soy de un pueblo marinero y comprendo tus problemas y tu preocupación por el porvenir de tus hijos. Sé que corren tiempos flacos para los pescadores. Pero lo que me admira, es que una persona anclada en el fin del mundo, pueda expresarse en inglés y transmitir ideas profundas sobre la sociedad, sobre la vida y sobre el trabajo como tú lo haces-.
Y al amigo Ibrahim se le escapaba la mirada hacia donde estaba el infinito, y se quedaba pensando en sus cosas, para luego arrancarse de aquella abstracción momentánea con una nueva idea fatalista que era consustancial con su alma árabe. Gentes de inteligencia poderosa pero irremediablemente pesimistas.
Una noche le dijimos a Ibrahim que al día siguiente nos marchábamos, pues los vehículos habían llegado. Quedamos en vernos antes de la partida, para despedirnos. Y pese a la premura de los últimos preparativos para desayunar y cargar los coches, me pasé la mañana escaqueado, tomando un café y fumando una shisha en el restaurante de Said, esperando al marinero.
Hasta que el egipcio, notando mi impaciencia, me dijo resignado:
-Hawaia, Ibrahim no va a venir. Los árabes somos así. Dejamos las cosas como están, y no nos gusta despedirnos de la gente a la que queremos-.
-Pero de ti, sí que tengo que despedirme –le dije-.
Y aquel animal gritón y excesivo, se vino abajo. Me abrazó, me besó en la cara y apartó de sus ojos un par de lagrimones sinceros que traicionaron su imagen de tipo dominante y prepotente.
-¿Volveréis por aquí?-
-No lo sé, Said, no lo sé- Besa a tu mujer y a las niñas de mi parte- Y a Ibrahim, claro- Y que Allah, si está allá arriba, le de muchos peces, pues de lo demás anda sobrado.
Esa mañana nos largamos desierto adelante en busca de un sueño: Meroé. Un lugar con el que había soñado desde hacía años. Uno de esos sitios que se graban dentro de uno, y que a lo largo del tiempo se van convirtiendo en una obsesión.
Cuando todavía no había decidido añadirme a la expedición de Play4Africa, me llegó por e.mail el itinerario del viaje. Entre aquel maremágnum de nombres exóticos, de lugares en los que se habrían de entregar las ayudas que transportaríamos y de kilómetros detallados de la ruta, aparecía el nombre de mis sueños: Meroé. Y entonces dije que sí.
Y ahora, triste por dejar a mi gente atrás, con un incierto destino de cuatro meses condenado a convivir con 13 personas a las que no conocía, con un cansancio creciente debido a los inconvenientes de un viaje que se fue complicando, me veía atravesando un país extraño, tomado por las fuerzas de seguridad, con la amenaza latente de que “algo” nos podría suceder, debido a una campaña electoral muy crispada. Aquí me veía yo caminando hacia Meroé, la cuna de la XXV dinastía, la de los faraones negros.
El desierto del norte de Sudán, no es como esos desiertos a lo que estoy acostumbrado. Lejos del Sahara argelino, inmenso, luminoso, de cordilleras imponentes alternadas por cadenas de dunas imposibles como montañas, de palmerales inesperados, surcados por esporádicos grupos de nómadas silenciosos y orgullosos como reyes…Lejos de las interminables cadenas de dunas mauritanas, doradas y vivas, escondiendo ciudades perdidas, salpicadas todas ellas por campamentos de tiendas blancas y gentes hospitalarias y generosas, lejos también de ese Marruecos familiar, amable y colorido, con sus fortalezas rojas protegiendo los palmerales y el agua…
El desierto de Nubia es polvoriento, plano, grisáceo, monótono, despoblado y devorador de todas las paciencias. Ni siquiera la proximidad el padre Nilo es capaz de mitigar tanta desolación. Ocho, diez, doce horas de naturaleza aburrida, feroz e inmisericorde. Demasiadas horas esperando por algo que no va a suceder nunca. Mucho tiempo anhelando ver alguna señal de vida, algún atisbo de belleza. Ni siquiera una acacia proyectando su sombra avara sobre un suelo traicionero y espinoso, poblado quizás por algún escorpión despistado, es capaz de suscitar un gramo de esperanza. Y el calor, reforzando aquella sensación de soledad, silencio y tristeza, como un castigo no merecido, como un pesado peaje que condenase a todo el viajero que se aventurase a atravesar aquellos parajes ignorados.
Y tras tanta hora de desazón y desaliento, el panorama se arruga por la zona de babor. La superficie polvorienta se transforma en una sucesión de dunas doradas como las de mis recuerdos, trepando entre formaciones volcánicas negras como el azabache. Una belleza repentina ilumina el paisaje a nuestra izquierda, y en el horizonte se ve claramente la silueta de una sierra que apunta con sus dientes hacia un cielo ya claudicante, de amarillos y ocres.
¡Las pirámides de la necrópolis real de Meroé! Metemos el coche por el pedregal, pero damos media vuelta para buscar el camino verdadero. La precipitación me gana. Yo conduzco, mientras Iñigo –que conoce el lugar- me guía. Toda la caravana nos sigue por una pista que apunta hacia las pirámides, pero que se orienta hacia otro valle, más a la derecha, donde acamparemos.
Se trata de una hoya mineral enorme. Un circo rodeado por plataformas negras de basalto negro, alternado por la pulcritud virginal de las dunas doradas, luchando ambos fenómenos por su protagonismo en el decorado.
Mientras los demás se desperezan al bajar de los coches, me embalo como quien corre en pos del amor, colina arriba. Los pies se me entierran en la pendiente de la duna que trepa por la ladera. Ya en lo alto, triunfo sobre el basalto negro, y ante mí, a poco menos de una docena de metros, se alzan como soberbios monstruos de estructura mineral perfecta, cuatro pirámides negras.
Con el alma encogida, lanzo la mirada hasta más allá de las extrañas construcciones, para descubrir en la otra orilla de la vaguada, un grupo de más pirámides que procedo a enumerar: Diez, veinte, treinta, ¡Cuarenta! …¡Más de cuarenta!
¡La necrópolis soñada! ¡Las sepulturas de los reyes meroitas delante de mí! Ancladas como visiones espectrales sobre la arena, las pirámides negras con sus templetes coquetos adosados, posaban para este pobre peregrino.
Fácil describir la imagen, pero imposible hacerlo con la atmósfera de soledad, abandono, misterio y enigma que transmitían aquellas magníficas sepulturas, elevadas cuando ya los egipcios hacía mil años que dejaron de construir pirámides.
Omito aquí los detalles históricos que deberían acompañar estas líneas, para centrarme únicamente en las sensaciones recibidas. Lejos de cualquier asentamiento urbano, el conjunto real se nos presenta como si fuésemos nosotros los bendecidos por la fortuna para descubrirlas. Ni un alma, ni un cartel, ni un cable, ni un vehículo, ni un sonido ajeno al del viento o al crujir de nuestras propias pisadas…Soledad y soledad. Abandono y abandono. Silencio y silencio. Tiempo, misterio, imaginación, emoción, enigma, enigma y enigma.
Pasé el atardecer tumbado sobre la arena, tras haber curioseado dentro de cada templete, observando los grabados de corte egipcio pero de rasgos marcadamente negroides y acariciando cada estructura, disfrutando con los juegos de líneas creadas entre las curvaturas de la arena y la rectitud geométrica de las paredes inclinadas, imaginando a aquellas gentes líricas, sanguinarias y golosas de poder que dominaron Egipto entre los años 713 al 664 antes de Cristo, hasta que la instauración del poder asirio provocó la decadencia de la dinastía de los faraones negros.
Y quien en aquel lugar sólo es capaz de ver un inútil bastión de piedras muertas o de derruidas arqueologías, es que carece de corazón, sensibilidad y romanticismo. La necrópolis real de Meroé, es la música de lo enigmático, y sus impresionantes pirámides negras están construidas con el material con el que se tejen los sueños.
El tiempo se nos echaba encima. Tras los días ¿perdidos? En Wadi Halfa y el rodeo para llegar hasta Meroé, era necesario partir al alba rumbo a Kassala, donde se habría de realizar una entrega de material destinado a los campos de refugiados gestionados por ACNUR. Así que ya, rompiendo la madrugada, se empezó a levantar el campamento. En previsión de no tener que desmontar mi tienda de campaña, dormí al raso. Eso me permitiría una última ascensión hasta la cornisa para despedirme de “mis” pirámides. Todavía me pude permitir un paseo entre aquellos monumentos que transmitían tristeza concentrada, y una gran sensación de historia en cada piedra. A la hora solemne del amanecer, el ambiente apretaba el alma.
Probablemente nunca vuelva a Meroé. Pero como siempre acostumbro a hacer cuando salgo de un lugar especial, metí en el bolsillo un pequeño trozo de piedra caído del estómago de una de aquellas pirámides. Y cada vez que –ya en casa- acaricie aquel trocito de historia, cerrado los ojos, estaré de nuevo allí, tumbado sobre la arena, sintiendo el latido del misterio debajo de mi cuerpo derrotado.
Esa mañana era la del día de las elecciones, y el ambiente no estaba para bromas. Un helicóptero curioso se entretuvo sobrevolando a la caravana, mientras que en cada cruce, un control del ejército sudanés ejercía su labor amenazadora controlando a quienes por allí pasaban. Ningún problema para nosotros, sino más bien todo lo contrario: Amabilidad y cortesía. ¡Tanta alarma para nada! Cierto es que las carreteras se encontraban vacías, al haberse restringido la circulación de todos los ciudadanos sudaneses fuera de sus ciudades, pero eso nos ayudó, haciendo muy cómodo el viaje por carretera.
La ruta hasta Kassala resultó una pesadilla, por lo monótono y aburrido. El desierto de El Bedja continuaba cobrando su peaje de desgaste y tedio, recalentando el motor de uno de los camiones, y reventando un neumático de otro. Llegamos ya de noche, agotados, a una masa oscura de casas que resultó ser Kassala. A la entrada de la ciudad, nos esperaba un comité de recepción que nos llevó ante el ministro de deportes de la región. Discursos y más discursos que comenzaban: “En el nombre de Allah, el Clemente y Misericordioso…” a cargo de personajes vestidos con túnica blanca y turbante también blanco. Agua fresca, hospedaje, desayuno copioso y el resto del día siguiente, dedicado a desembarcar toda la paquetería del camión en los almacenes centrales del ACNUR.
3500 pares de botas, 800 balones y equipamientos para 10 equipos de fútbol. Material deportivo donado por Esport Solidari Internacional en tremendos paquetes…todo destinado a los campos de refugiados plantados en los alrededores de Kassala, donde el gobierno sudanés ha acogido a 60.000 refugiados en 12 campos que dependen del Alto Comisionado de la ONU. En su mayoría eritreos huidos de su país a causa de las militarizaciones forzosas, se eternizan entre cuatro muros, dándose el caso de familias que cuentan entre sus miembros con tres generaciones de refugiados que no han conocido más horizonte que los muros de esas ciudades de fortuna –mala, por cierto- levantadas para pobres en un país también pobre, ante la pasividad cada vez mayor, de una comunidad internacional insensible e hipócrita, ensimismada en sus pequeños problemas, es sus pequeñas crisis, en sus pequeñas miserias y en sus pequeños vicios. Por una vez, los olvidados de la Tierra recibirán un regalo distinto a las pobres limosnas de comida que la mencionada “comunidad” les destina.
Se visita el campo de refugiados de El Ghirba, la clínica gestionada por Appel Internacional en coordinación con ACNUR, el Centro del Creciente Rojo equivalente a nuestra Cruz Roja, y el Refugees Settlement Administration, en Sowek.
El resto de la estancia de Play4Africa en Sudán, resulta igualmente tranquila en su viaje hacia la frontera con Etiopía.
Sudán es el país más grande de África, prácticamente cerrado al turismo debido a un régimen islamista que mantiene abiertos varios frentes de confrontación con comunidades integradas en su territorio, pero de ideas religiosas y políticas opuestas a las mantenidas por la línea oficial.
Sudán, al que todos los informes recibidos por Play4Africa señalaban como la bestia negra del viaje, resultó un país agradable, de gente entrañable no maleada por el turismo de masas, hospitalaria, sana y curiosa.
Sudán permanece en la memoria de los expedicionarios como una de las experiencias más estimulantes del viaje, gracias a la buena acogida de la gente de a pie y de sus autoridades. Difícil será volver, pero todos sabemos que este país enorme y entrañable, pesará siempre en la parte positiva de la balanza, por parte de quienes conformamos esa utopía posible, que es la expedición transafricana de Play4Africa.
Texto: Leopoldo Alvarez
Fotografía: Patrik Bergareche