Una primera puntualización: ¿Por qué a las cataratas de los ríos (no a las de los ojos) se les llama “falls” y ¿Por qué a la reina Victoria no se la llama “Victory”? ¿Y esa pedantería modernista de nombrar a la susodicha y puritana soberana con el cariñoso nombre de alcoba, tan familiar de “Vic”? “Victoria Falls” o “Vic Falls” son los nombres que los españoles “iniciados” damos a las cataratas Victoria, situadas en la finca particular del señor Mugabe, como anteriormente lo estuvieron en la del señor Rhodes cuando Zimbabwe se llamaba Rhodesia.
Dejando estas cuestiones semánticas en el aire y yendo al grano, pasaremos a relatar un nuevo caso de relación intercultural acontecido a este humilde cronista durante su estancia como componente de Play4Africa, en el pueblo colindante a las ya antes mencionadas cataratas. Cataratas que un tal Livigstone se atribuyó como su “descubrimiento”, hasta permitirse la licencia de ignorar su nombre original de “El Humo que Truena” –hermosísimo- para cambiarlo alegremente por el de una reina malencarada y lejana. Cosas de la pérfida Albión y de su retórica imperial, supongo. Gracias a esta lógica, podríamos llegar a creer que Robert de Niro descubrió las Iguazú Falls, Ava Gardner el Kilimanjaro, Woody Allen Nueva York, y Hemingway Pamplona.
Pues bien. Hallándonos acampados en el pueblo de “Vic Falls”, decidí que era llegado el momento de arreglar la correa de mi reloj, al que se le había reventado esa presilla que todos conocemos y que en número de dos, articula la pulsera con el cuerpo del reloj propiamente dicho. Con él en la mano, recorrí la pequeña población en todas direcciones hasta comprobar que no existía ninguna joyería y menos aún, ninguna relojería que me pudiese proporcionar la tan deseada presilla. Sorteando buscavidas y cambistas de dinero andaba yo, cuando al más pesado de ellos, sumamente interesado en ayudarme en lo que fuese con un reiterado “Can I help you?”, decidí que era el momento en que alguien me helpease, y le pregunté dónde podrían arreglarme la correa. Muy solícito –en verdad- me llevó hasta un kioskillo de venta de pilas, donde cuatro amigos suyos combatían la ociosidad bebiendo cerveza. Inmediatamente, los cinco se pusieron a la labor rebuscando por los cajones en la procura del deseado muellecillo. Como no lo encontrasen, pertrechados de un alicate mellado y de una chapa de cerveza aplastada, fabricaron un diminuto pasador con las puntas, que afilaron raspando en el bordillo de la acera, y que trataron hacer entrar en los dos intersticios del cuerpo del reloj, sin lograrlo durante la primera hora. Los cinco se iban alternando en el trabajo, dándose la particularidad de que a uno de ellos le temblaban las manos de tal manera, que el reloj se le cayó al suelo un par de veces, situación que invariablemente salvaba ante mí con una mirada compungida, seguida de un sentido “Sorry!” Varios viajes en bicicleta les fueron proveyendo de nuevos trozos de alambre, con los que fabricaron no menos de tres pasadores que funcionaban cada vez peor. A la segunda hora me pidieron que me diese un paseo, pues les ponía nerviosos mi presencia, así que aproveché para ir hasta el camping, acercarles mi navaja suiza y marcharme con Topo a tomar un café y a hacer la compra para la comida. A mi regreso, la cosa continuaba empeorando. Muy nerviosos, habían perdido la compostura y discutían entre ellos. Volví del camping –ya en el coche- con el antiguo pasador roto, que examinaron de uno en uno, a la vez que pronunciaban en medio de su jerga la palabra “resort”, referida a “muelle”. El de la bicicleta se dispuso a salir de nuevo, pero yo me ofrecí a llevarlo en el coche a donde fuese menester. Carretera, calles, barrios periféricos, su casita humilde…Yo esperando en el coche sin el reloj, que se había quedado en manos de los otros expertos. El voluntarioso chaval salió de su casa, acompañado de su joven esposa y un niñito de un año: -Son mi esposa y mi hijo- -Mucho gusto- Traía en las manos un reloj estropeado al que pretendía extraerle una presilla, pero a todas luces vimos que resultaba pequeña. -No problem!- Exclamó optimista. Nos encaramamos en el coche y continuamos viaje por las callejas polvorientas llamando la atención de los viandantes, hasta llegar a un mercadillo en el que una chica aburrida vendía relojes de pacotilla. Desempaquetó uno de ellos, comprobamos que el tamaño de la presilla no era el adecuado, y fuimos a parar a un lejano mercadillo de chatarra donde se amontonaban los zapatos de segunda mano, piezas de coches, cocinillas oxidadas, y un tipo que sacó de un recóndito cajón, dos relojes de pulsera a los que le faltaba de todo menos una larga y trágica historia. Durante la visita al mercadillo, mi compañero me preguntó ¡Tres veces! si había cerrado bien el coche. Ante la duda, compramos los dos relojes por un dólar y nos marchamos satisfechos y felices hacia el kiosko donde sus amigos habían abandonado toda actividad, excepto la de probar y experimentar todo tipo de técnicas para poder reparar el dichoso reloj del muzungu. Recogimos el reloj y la navaja suiza para volver a recorrer el camino hasta su casa, donde nos pusimos manos a la obra sobre la mesa del comedor, sin la concurrencia molesta de sus amigos. Ante la mirada divertida de aquella chiquilla que era su mujer y del chavalillo empeñado en echarle mano al reloj, desarmamos los dos relojes descacharrados, les sacamos las presillas con una técnica quirúrgica, y finalmente logramos montar una de ellas en el mío, triste y mareado. Nos abrazamos -creedme- y del júbilo también participó su mujer, que me invitó a comer con ellos unos escasos trozos de carne con yuca que me supieron a langosta en pepitoria. Éramos felices en aquella casita humilde sin ninguna decoración, en la que escaseaba de todo excepto un precioso clima de armonía y buen humor. Les ofrecí unos dólares para el nene a riesgo de que se sintiesen ofendidos, pero la niña-mamá los cogió con ilusión, evitándome un mal trago. Y ahora, desde que aquel episodio se tragó el tiempo de una mañana que pude haber dedicado a disfrutar de la contemplación de las Cataratas Victoria, o Victoria Falls, o Vic Falls, o El Humo que Truena, o como se llamen, cada vez que veo la hora en mi reloj, el recuerdo me lleva a aquella casita pobretona y feliz… Para mí, aquello fue un descubrimiento mayor que el de un tal Livingstone para aquella reina estreñida y para aquel imperio de largos bigotes.
Texto: Leopoldo Alvarez








un fuerte abrazo compañeros. A punto de llegar a vuestro destino, ¿si?
Hola Joan! Gracias por tu nota! Estamos todavía en Namibia a punto de cruzar a Sudáfrica! Seguiremos informando! Saludos, Patirk
Hola chicos!! A estas alturas supongo que ya estaréis en Sudáfrica y preparados para ver a la “Roja” en el estadio.
Gracias y enhorabuena, me ha encantado leer vuestro diario, muy bien contado, me he divertido y me he emocionado (joder Leo!). Suerte para el futuro… Un abrazo desde Walvis Bay.