Generalmente cuando me dicen que un lugar carece de interés, se me enciende una bombillita en algún rincón de la mente que me despierta la posibilidad de que alguien me está engañando, o de que no se ha enterado de nada. Cierto es también, que el recuerdo de los lugares va directamente relacionado con el estado de ánimo que nos acompaña al desembarcar en ellos.
Acampados en una maravillosa playa del Índico, las jornadas transcurrían plácidas y tranquilas bajo los cocoteros y sobre las aguas cálidas, compartiendo el ocio con el resto del equipo de esa locura a la que conocíamos como Play4Africa.
Los islotes coralinos poblaban el horizonte, y las piraguas de madera con velas de media luna salpicaban un mar azul como el añil…Pero al otro lado de la bahía, a un salto de diez minutos de ferry, se adivinaba la silueta de la ciudad de Dar es Salaam. Como un imán.
El esfuerzo para llegar a ella era notable, al tener que renunciar a la voluptuosidad de aquellas arenas, verme obligado a asaltar un “matatu” –los tenebrosos taxis colectivos-, lanzarme entre la marea humana que abordaba el ferry de Magogoni para atravesar la bahía, y pegarme un palizón desde el atracadero hasta la villa, escurriéndome entre la marea colorida que trepaba hasta la ciudad.
Y a la vista de la avenida portuaria de Kivukoni Front, un alineamiento de casonas coloniales confirmaba mis sospechas de que había sido mal informado, a la vez que una felicidad infantil y rudimentaria se apoderaba de mí.
Dar es Salaam me engullía, a la vez que mi espíritu se iba diluyendo entre la ciudadanía, compartiendo las aceras descascarilladas con un vendedor de gafas de sol y con una cimbreante ejecutiva que guiaba mi camino con la dulce mecanografía de sus pasos cortos dirigidos hacia la catedral de san José, de la que emanaban cánticos católicos en un ambiente de clara presencia musulmana. Y vecino a ella, el precioso templo luterano con su campanario colonial, con su reloj, con sus verjas de madera y sus techos luminosos de tejas rojas. Dar es Salaam es como una vieja hechicera que se va trasmutando en hermosa doncella a medida que me pierdo entre sus calles rectilíneas de casas bajas que evocan un pasado mestizo de estilos asiáticos coloridos, de austeros y elegantes caserones sajones, de casas portuguesas, y de blancas mezquitas urbanas.
Por esa luminosa autopista que es el océano Índico, llegaron a Dar es Salaam viajeros desde todos los horizontes. Y hoy, pasear sus calles es un ejercicio de imaginación, de evocación y de respeto. Dar es Salaam huele a maíz tostado, a pescado fresco, a gasolina mal quemada, a incienso, a tabaco de shisha y a perfume de mar.
Ya la tarde se va rindiendo entre ocres y malvas. Vuelan palomas. En el centro de la plaza, un monumento al askari, que carga a la bayoneta en actitud fiera y arrogante para mayor gloria de la patria tanzana. Té a la menta en la terraza de un chiringuito árabe. La casa europea teñida de rosa comparte escenario con la mezquita encalada, de la que emana el cántico del maghrib, el último de la jornada.
¿Quién dijo que en Dar no había nada que ver?
Cuando asalto de nuevo el ferry de regreso a las playas de Kigamboni, el atardecer llega a su cenit. Una destartalada doha avanza crujiente por la bahía, impulsada por su elegante vela de media luna y por cuatro remos desesperados.
La gente sonríe a mi mirada
-¿De dónde eres, muzungu?-
-De España, creo- contesto dudoso.
Y feliz con esa duda oxigenándome el espíritu, me encaramo en un matatu en medio de los míos, esos tanzanos amables, sonrientes y próximos, que me hacen desear por un momento, renunciar a mi piel blanca para poder sumergirme de verdad en el alma africana que tan bien representa una ciudad tan bella como es Dar es Salaam.
Texto: Leopoldo Álvarez
Fotografia: Patrik Bergareche








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