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Expedición solidaria

Kenia; una de cal y otra de arena

En Nairobi, recibimos la visita de José Manuel, Manolo y Estela. Los dos primeros se quedarían con nosotros hasta Dar Es Salam, mientras que Estela es ya en estos momentos una expedicionaria más y estará con nosotros hasta el final del viaje. Unos días más tarde recibimos la visita de Robert y Xabi, y de David y Nuria que estarían con nosotros hasta Dar Es Salam.

Nuestros días en Nairobi tuvieron cierta similitud con la etapa de Alejandría. Nueve días estancados pendientes de recibir el conteiner que venía por mar a Mombasa y la carga que venía por avión a Nairobi. Habíamos logrado hacer todas las entregas previstas desde Egipto hasta Kenia y necesitábamos ese material para poder continuar con nuestro plan. Mientras unos lidiaban incansablemente con las aduanas y agentes del gobierno para liberar el paso de nuestro material, otros hacían las entregas con el material que nos quedaba. Pudimos donar 1500 mosquiteras a un proyecto de AMREF en Kiwezi tras visitar su dispensario de Dongoni que atiende a las personas enmarcadas en el proyecto “People living with aids” y 240 equipaciones de fútbol completas en Kibera, la mayor barriada de Africa Occidental. Play4Africa se acercó una vez más a los problemas del agua, la malaria y el sida y consiguió alterar por unas horas la monotonía de la injusta vida de estas poblaciones. Un partido de fútbol en Kibera nos unió a keniatas y españoles durante un rato y pudimos comprobar que la comunicación a través del deporte es tan válida como cualquier otra. El partido funcionó como un antídoto fugaz para combatir la cotidiana miseria de los niños de Kibera. En palabras de Jack, antiguo niño de la calle y actualmente profesor de estos niños, “el fútbol no sólo sirve para que los niños de la calle se diviertan sino también para que se enmarquen en un sistema de reglas donde no todo vale. Además, el fútbol nos ayuda a combatir la  desconfianza que tienen entre ellos a través del juego en equipo”.

Uno de nuestros días lluviosos de Nairobi amaneció con una mala noticia. La carga de Mombasa destinada al campo de refugiados de ACNUR en Dadab no llegaría a tiempo para que nuestro convoy pudiera hacer la entrega antes de pasar a Tanzania. La carga de avión sin embargo sí puedo llegar a tiempo para que pudiéramos continuar con nuestras entregas en Tanzania. Una de cal y otra de arena. Un pequeño comité de la expedición regresará a Kenia una vez acabado el mundial de fútbol con el fin de hacer la entrega de Dadab.

Vídeo de: KIBERA Imagen Julio Recio, Montaje Estela López

Texto de Patrik Bergareche

Escrito por Patrik Bergareche en Sin categoría el 7 Mayo, 2010. No hay Comentarios

Kenia; Chinos y bandidos en nuestro camino a Nairobi

“Karibu Kenya” indicaba en swahili un cartel en la frontera Etiope-Keniata de Moyale. Justo al lado del banco al que me acerqué a cambiar dinero. En el interior silencio y una cola formada por cinco locales y un viajero con rasgos asiáticos que me sonreía mientras yo explicaba en swahili macarrónico que lo que quería era cambiar euros por chelines keniatas. De repente, se me acerca para preguntarme el tipo de cambio del día y se presenta. “My name is Jay, and I come from China”. Tras intercambiarnos unas palabras me explica que viaja solo y a pie y que tras tres horas merodeando por Moyale, no ha sido capaz de averiguar la forma de llegar hasta Nairobi.

Supongo que por compasión o por solidaridad con el viajero, decido invitar a Jay a unirse a nosotros tras consultarlo con el resto del equipo. Además, llevábamos desde Sudán observando la presencia de los chinos en Africa, y pensé que podría ser muy interesante viajar con él.

Los chinos han construido en menos de quince años carreteras que los europeos no hemos conseguido hacer en más de cincuenta años de cooperación en Africa. Una cooperación controvertida por estar excesivamente ligada a los intereses de las empresas chinas pero al mismo tiempo muy efectiva, tal y como me explicaba Jay. Al fin y al cabo, China cuenta con una capacidad excesiva de producción y ve a Africa como una ampliación de su territorio, donde sus empresas pueden trabajar a sus anchas. Los fondos Chinos pasan por los gobiernos africanos para acabar en manos de los empresarios chinos. La maquinaria, los materiales y los ingenieros son chinos. Los trabajadores son Keniatas. Y la realización de los proyectos de infraestructuras está garantizada precisamente porque los hacen ellos mismos, a diferencia de la mayor parte de los países donantes que tienen que dedicar parte de sus presupuestos a la contratación de auditorías que velen por la correcta ejecución de los proyectos por parte de los locales. “Por lo menos la actividad de los chinos favorece el desarrollo asegurando la construcción de las carreteras y activa empleo, y como además no cuestionan el incumplimiento de los derechos humanos, los gobiernos africanos están encantados” me decía Jay.

Delante de nosotros la temida ruta de Moyale a Issiolo. Conocida y anunciada en los guías de viaje como uno de los puntos más conflictivos para los viajeros de la ruta Cairo-Ciudad del Cabo, por la precariedad de sus pistas, la falta de transporte público, y la presencia de los siftas o bandidos.  Quinientos kilómetros de pistas de arena, paisajes de arbustos y prácticamente ninguna población. En este desierto verde, que es como llaman los locales a esta zona, testamos nuestros vehículos Kia que respondieron a la perfección. Nos quedamos estancados en dos ocasiones en el barro, y tuvimos que ir a una velocidad media de treinta kilómetros por hora en varias etapas, pero pudimos comprobar que los Kia Sorento valen para viajar por Africa. Acampamos en medio de la nada a medio camino entre Moyale e Issiolo, y Leo que casi siempre duerme “à la belle étoile” recibió la visita de una hiena mientras dormía. “Yo oí unos ruidos en torno a las tres de la mañana y me desperté. Luego ví un bulto que se movía pero no pensé que sería una hiena!” dijo Leo por la mañana mientras nos enseñaba las pisadas de su visitante.

Esa misma tarde, atravesamos la tierra de los Samburus también conocidos como los hombres mariposa y Juan y Ale recogieron en su coche a dos de ellos que hacían autostop en el camino. La imagen no tenía desperdicio, dos samburus con lanzas y adornos tribales metidos en la parte trasera de uno de nuestros Kias mientras Jay iba sentado a la derecha de mi coche. “Ahora sí que parecemos un Comité de las Naciones Unidas” comenté por radio. Tras dejarles en su punto de destino, Juan y Ale aprovecharon el favor para solicitarles una sesión fotográfica. Los hombres mariposa, se arreglaron el uno al otro el pelo y se colocaron bien los adornos. La tribu de los samburus es de las más guerreras de Africa pero también de las más presumidas.

Con cierta sensación de victoria, llegamos a Issiolo tras tres días de ruta solitaria atravesando la nada y fue allí donde un miembro del Gobierno nos explicó que habíamos tenido suerte de que este año había caído suficiente agua en la zona y los siftas estaban entretenidos con sus cultivos y su ganado. Son los propios agricultores los que, desesperados por la falta de comida y agua, atacan a los viajeros.

Entrando en Issiolo, estrenamos el reluciente asfalto chino y Jay iba saludando a sus compatriotas a medida que íbamos avanzando. “Cada veinte kilómetros hay un ingeniero chino que controla al resto de trabajadores. Estos ingenieros ganan unos dos mil dólares al mes, mucho más de lo que ganarían en mi país”, apuntaba Jay. Ingenieros con la piel tostada y sombreros de ala ancha para protegerse del sol. De camino a Nairobi, pasamos por las faldas del monte Kenia y paramos en Nanyuki donde con la ayuda de un viejo amigo de Topo, Ben, revisamos los vehículos antes de reemprender la marcha hasta la capital de Kenia. Una vez en Nairobi, nos despedimos de Jay y montamos nuestro campamento base en el camping “Jungle Junction” situado en el barrio de Levington, un lugar idóneo para conocer a otros viajeros  e intercambiar aventuras e impresiones. Para algunos de nosotros, estar en Nairobi era como estar en casa y después de las etapas superadas llegar a Nairobi suponía llegar a la comodidad de la ciudad más desarrollada de Africa Oriental.

Escrito por Patrik Bergareche en Sin categoría el 5 Mayo, 2010. No hay Comentarios

Sensaciones de Etiopía (2)

Pues bien, una tarde los faranji de Play4Africa aterrizaban en las instalaciones de una misión católica gestionada por hermanas salesianas italianas, entre las que se encontraba Nieves, un pedazo de mujer madrileña, un torbellino de buen humor y un ejemplo de vida entregada a los demás que te reconcilia con la especie humana, con la que Ale, nuestra encargada de las entregas solidarias había contactado, y que se hallaba a la espera de la expedición.

Probablemente, la estancia en el convento salesiano fue una de las mejores experiencias del viaje hasta el momento, pues los dos días pasados allí, nos reconfortó de las incomodidades de haber atravesado Egipto y Sudán en condiciones muy duras de acampada y hoteles de mala muerte, como el tristemente recordado de Wadi Halfa.

Sábanas limpias, ducha caliente y comida bien elaborada, convirtieron nuestra estancia en Ziway en una antesala del Paraíso. Con Nieves, una parte del equipo visitó los diversos proyectos de desarrollo llevados a cabo por el Centro en el entorno de la ciudad, mientras que otros, más interesados por las nuevas tecnologías, asistíamos a la fabricación y puesta a punto de las espectaculares cocinas alimentadas por energía solar desarrolladas en el Centro. Giuseppe, un simpático fraile italiano, me demostró que en media hora prepararía un suculento asado con una de las cocinas, que ambos acabamos degustando con las manos, sentados en la acera en el tiempo acordado.

También era divertido y estimulante, ver cómo ilustraba a un par de jóvenes amas de casa en la utilización de las  cocinas que luego se instalarían en sus hogares. Observar a las chicas ataviadas a la forma tradicional, con sus ollas de cocina esmaltadas de flores, manipulando aquellas enormes pantallas solares bruñidas como la plata, era una experiencia divertida, pero a la vez arrojaba luz sobre personas como Giuseppe, cuyos conocimientos técnicos no están encaminados a la acumulación de fortunas materiales, sino que los ponen a disposición del desarrollo de sus semejantes. Personas anónimas y discretas, íntegras y muy lejanas de esos personajillos despreciables que tanto verdean en sociedades como la nuestra. ¡Bravo por Nieves, Giuseppe y sus compañeros!

Y la “entrega”. La entrega es el nombre que en Play4Africa utilizamos para denominar el acto de desembarcar las diversas donaciones de equipamientos que llevamos a bordo del camión de Fernando.

El campo de deportes del colegio salesiano, contaba con un escenario. Todo estaba preparado por las monjas. Más de un centenar de niños y niñas abarrotaban el lugar, y en el momento de la entrada de los miembros de la expedición con los fardos de artículos deportivos y balones, cantaron como los ángeles una preciosa canción de bienvenida. Emocionante, hermoso y espectacular. Hasta el atardecer jugamos con los críos, tomamos el café tradicional etíope, y repartimos el pan elaborado por las monjas, a cada niño a la hora de salir del recinto para volver a sus casas.

El conocer cómo funcionan los centros misioneros en África, arroja nueva luz sobre el papel de la Iglesia en el mundo. Quienes nos reservamos opiniones y creencias. Quienes desconfiamos de dogmas y organizaciones basadas en entelequias como la fe, quienes no creemos en el fasto y la distancia de políticos y profetas alejados de los pueblos, hemos de quitarnos el sombrero ante la labor de los misioneros en África. Porque moviéndose en la delgada línea que separa los dogmas dictados desde la lejana Roma y la dura realidad cotidiana de las poblaciones afectadas por las plagas del SIDA y la malaria, realizan una labor más próxima a la justicia social, que a la hipócrita caridad, tan socorrida por quienes se lavan las manos y las conciencias con sólo soltar una limosna “para los negritos de África”.

Tiempos en los que el mundo actual se ha fraguado en base a revoluciones, y no gracias a las limosnas de los ricos para con los pobres. Las sobras han de ser para los perros, y no para nuestros semejantes.

Etiopía, un país hermoso. El lago Tana donde nace el Nilo Azul, Bahir Dar una ciudad pequeña y acogedora, Addis Abeba depauperada pero orgullosa, las suaves colinas cruzadas por una carretera poblada como un río de vida, una población pobre pero no mísera, una historia llena de mitos, como aquella dinastía que arranca en Salomón y la reina de Saba…

Etiopía, la tierra del León de Judá, el Elegido de Dios, el emperador que llevaba una vida errante, seguido por una ciudad nómada cuyas tiendas abrigaban la corte de justicia, la administración, la jefatura del ejército…

El rey gobernaba desde su inmensa tienda blanca cubierta por un velo. Sus súbditos no podían verle a los ojos más que en Navidad, la fiesta de la Cruz y la Pascua. A cada palabra suya, a cada movimiento, los dignatarios habían de postrarse y besar el suelo…

Etiopía, la tierra del sorprendente rey de reyes Haile Selassie, de Sashemene, la ciudad-mito de los rastafaris, de las iglesias rupestres de Lalibela, talladas en la roca madre…

Etiopía, la etapa número tres de nuestra ruta solidaria quedaba atrás, dejándonos un sabor dulce y una sensación de ternura hacia sus gentes orgullosas, sencillas, y ciudadanas de un país que siempre fue libre. ¿Volver a ella? Es lo que deseamos.

Texto: Leopoldo Alvarez

Fotografía: Patrik Bergareche

Escrito por Play4Africa en Sin categoría el 4 Mayo, 2010. No hay Comentarios

Sensaciones de Etiopía (1)

Dos cosas caracterizan a Etiopía: La primera, es que todo el mundo lleva un palo. La segunda, que el ganado pasta en el asfalto. A partir de ahí, consideraremos que nos movemos en un país extraño o por lo menos, especial.

Viniendo de Sudán, país islámico por excelencia, Etiopía se nos muestra pobre y humilde. Parece que Allah trata mejor a sus correligionarios que Jesucristo a los suyos…

Etiopía, el país de los “caras quemadas” según los griegos, y el único cristiano en una geografía donde el Islam es quien triunfa. Un territorio hermoso, poblado por gente pacífica y orgullosa que nunca fue colonizado a lo largo de su historia, excepto durante una breve etapa de presencia italiana, que no dejó ninguna huella en la tierra del León de Judá.

Hasta el nombre de su moneda es extraño: el Birr, y su cristianismo, el más próximo a la Biblia de aquellos primeros cristianos verdaderos, revolucionarios y anti-imperialistas que le plantaron cara a la mayor potencia imperial de la época: Roma. Y ese cristianismo ortodoxo al que definen como copto, ha sido el aglutinante de una nación orgullosa y voluntariamente aislada de las corrientes políticas, culturales y religiosas de todas las épocas.

La expedición de Play4Africa recorrió el país de norte a sur, entrando desde el árido Sudán por la frontera al noroeste de Gondar,  y realizando su primera escala en Bahir Dar, a las orillas del lago Tana.

Quienes ya conocían el país, nos habían anunciado un territorio de suaves colinas. Un paisaje que comenzaba a arrugarse justo al atravesar la frontera como contraste con las llanuras sudanesas, resecas y eternas. El espíritu comenzaba a esponjarse cuando los verdes empezaban a pincelar el panorama, y las curvas, pendientes y riscos hacían más entretenida la conducción de los vehículos. También abandonábamos el calor reseco del desierto, y comenzábamos a disfrutar de una suave brisa montañesa que alimentaba el ánimo.

La despoblación de los últimos días había desaparecido de repente: La carretera era una ciudad estirada y kilométrica, bordeada de casas muy humildes, saturada de gentes circulando por ambos márgenes en una procesión continua, que por momentos hacía pensar en una migración de ida y vuelta. Gentes espigadas y elegantes. Cimbreantes ellas, y con un palo y una sencilla túnica, ellos.

La hora de comer nos sorprendió en un prolongado ascenso, de colinas bajas pobladas de eucaliptos. Como de costumbre, instalamos un comedor de emergencia al borde de la carretera, con la intención de preparar los bocadillos.

Inmediatamente nos vimos rodeados por una multitud curiosa, atenta a los menores detalles de nuestra operación de avituallamiento, lo que venía a confirmar que Etiopía contaba con una densidad de población de las más altas de África, además –por lo que se ve- de las más curiosas. Gente comunicativa y abierta, desenvuelta y coqueta, muy alejada de los cánones impuestos por la losa del Islam. Los escotes de las chicas lo atestiguaban, y su desparpajo también.

El alfabeto amárico es una seña de identidad ineludible, presente en toda la cartelería oficial y popular que adorna calles y plazas. Una tipografía bellísima que no se parece a ninguna otra, ininteligible para nosotros y un idioma igualmente extraño, que para consuelo de los visitantes es difícil también para los mismos etíopes, y si en Sudán a los blancos se nos llamaba hawaia, en Etiopía se nos conocía como faranji.

Los dramáticos años de sequía en la década de los 80 habían quedado atrás, y los valles cultivados hasta el delirio, se veían poblados por enormes rebaños de vacas lustrosas que utilizaban el asfalto de las carreteras para sus traslados, en pugna con las dos filas interminables de peatones…y con los coches.

Texto: Leopoldo Alvarez

Fotografia: Patrik Bergareche

Escrito por Play4Africa en Sin categoría el 3 Mayo, 2010. No hay Comentarios

Sudán meditado

Tras un viaje endemoniado en el ferry egipcio “Sinaí” que nos traía desde Asuán, atracamos una mañana de plomo derretido en Wadi Halfa, un poblado disperso, destartalado y polvoriento, en el que habremos de pasar varios días esperando a los vehículos, que llegarán –o no- a bordo de una barcaza, averiada a la altura del templo de Abu Simbel. Será probablemente la venganza de ese faraón loco y megalómano que era Ramsés II, Dios del Bajo y Alto Egipto, que edificó ese templo soberbio en el límite de los dos imperios para mayor gloria de él mismo y de su esposa Nefertari.

Y nuestros coches y camiones, a la deriva sobre las aguas embalsadas del Nilo. Y nosotros hospedados en un supuesto hotel que realmente parecía una antigua prisión reconvertida. Con sus verjas, su patio interior, sus números pintados sobre las puertas de hierro, sus cerrojos y sus candados, sus cucarachas y sus camastros, curtidos por los sudores de mil viajeros llegados desde todos los horizontes hasta ese rincón del mundo en el que el polvo era el rey.

Wadi Halfa. Con una supuesta plaza limitada por cuatro restaurantes colocados sin ninguna vocación urbanística, un pequeño santuario y una montaña que parecía por su color y forma, la mismísima pirámide de Keops.

Los días pasaban monótonos y polvorientos, entre el hotel y la plaza.

Y para el Internet, un reducto sombrío y desordenado, perdido entre las calles rectilíneas y excesivamente anchas, que proveía a los viajeros de los servicios de Wi-Fi, y que pese a las enormes limitaciones de sus posibilidades titubeantes, se convirtió durante esos días en el único punto de conexión de los expedicionarios de Play4Africa con el resto del mundo.

Dos de los restaurantes situados en la plaza, eran propiedad de Said, un egipcio alejandrino, excesivo, gritón y mediterráneo, que con su paciente esposa y sus guapísimas hijas Safaa, Heba y Apier, atendían a los clientes con un trato familiar, que llegaba a permitirnos usar su cocina para elaborar media docena de exquisitas tortillas de patatas, como homenaje a la lejana tierra.

Y lo que era una plaza inhóspita y polvorienta durante el día, se transformaba en un espacio acogedor y colorido al atardecer, gracias a las bombillas de colores, el humo de los chiringos, la música de los televisores, y la afluencia de ociosos a las terrazas improvisadas.

Allí conocimos a Ibrahim, un marinero árabe de corazón negro, extrañamente ilustrado, que se expresaba en un perfecto inglés, con el que debatíamos sobre el bien y el mal hasta altas horas de la noche. Entre vasos de té y shishas, la ceremoniosa pipa de agua, aprendíamos y él aprendía. Por él supimos que a los blancos se nos llamaba hawaias en Sudán, por él supimos que a pocos kilómetros de allí había cocodrilos de 5 y 6 metros, y a él –una noche de confidencias- le comentaba:

-Ibrahim, yo soy de un pueblo marinero y comprendo tus problemas y tu preocupación por el porvenir de tus hijos. Sé que corren tiempos flacos para los pescadores. Pero lo que me admira, es que una persona anclada en el fin del mundo, pueda expresarse en inglés y transmitir ideas profundas sobre la sociedad, sobre la vida y sobre el trabajo como tú lo haces-.

Y al amigo Ibrahim se le escapaba la mirada hacia donde estaba el infinito, y se quedaba pensando en sus cosas, para luego arrancarse de aquella abstracción momentánea con una nueva idea fatalista que era consustancial con su alma árabe. Gentes de inteligencia poderosa pero irremediablemente pesimistas.

Una noche le dijimos a Ibrahim que al día siguiente nos marchábamos, pues los vehículos habían llegado. Quedamos en vernos antes de la partida, para despedirnos. Y pese a la premura de los últimos preparativos para desayunar y cargar los coches, me pasé la mañana escaqueado, tomando un café y fumando una shisha en el restaurante de Said, esperando al marinero.

Hasta que el egipcio, notando mi impaciencia, me dijo resignado:

-Hawaia, Ibrahim no va a venir. Los árabes somos así. Dejamos las cosas como están, y no nos gusta despedirnos de la gente a la que queremos-.

-Pero de ti, sí que tengo que despedirme –le dije-.

Y aquel animal gritón y excesivo, se vino abajo. Me abrazó, me besó en la cara y apartó de sus ojos un par de lagrimones sinceros que traicionaron su imagen de tipo dominante y prepotente.

-¿Volveréis por aquí?-

-No lo sé, Said, no lo sé- Besa a tu mujer y a las niñas de mi parte- Y a Ibrahim, claro- Y que Allah, si está allá arriba, le de muchos peces, pues de lo demás anda sobrado.

Esa mañana nos largamos desierto adelante en busca de un sueño: Meroé. Un lugar con el que había soñado desde hacía años. Uno de esos sitios que se graban dentro de uno, y que a lo largo del tiempo se van convirtiendo en una obsesión.

Cuando todavía no había decidido añadirme a la expedición de Play4Africa, me llegó por e.mail el itinerario del viaje. Entre aquel maremágnum de nombres exóticos, de lugares en los que se habrían de entregar las ayudas que transportaríamos y de kilómetros detallados de la ruta, aparecía el nombre de mis sueños: Meroé. Y entonces dije que sí.

Y ahora, triste por dejar a mi gente atrás, con un incierto destino de cuatro meses condenado a convivir con 13 personas a las que no conocía, con un cansancio creciente debido a los inconvenientes de un viaje que se fue complicando, me veía atravesando un país extraño, tomado por las fuerzas de seguridad, con la amenaza latente de que “algo” nos podría suceder, debido a una campaña electoral muy crispada. Aquí me veía yo caminando hacia Meroé, la cuna de la XXV dinastía, la de los faraones negros.

El desierto del norte de Sudán, no es como esos desiertos a lo que estoy acostumbrado. Lejos del Sahara argelino, inmenso, luminoso, de cordilleras imponentes alternadas por cadenas de dunas imposibles como montañas, de palmerales inesperados, surcados por esporádicos grupos de nómadas silenciosos y orgullosos como reyes…Lejos de las interminables cadenas de dunas mauritanas, doradas y vivas, escondiendo ciudades perdidas, salpicadas todas ellas por campamentos de tiendas blancas y gentes hospitalarias y generosas, lejos también de ese Marruecos familiar, amable y colorido, con sus fortalezas rojas protegiendo los palmerales y el agua…

El desierto de Nubia es polvoriento, plano, grisáceo, monótono, despoblado y devorador de todas las paciencias. Ni siquiera la proximidad el padre Nilo es capaz de mitigar tanta desolación. Ocho, diez, doce horas de naturaleza aburrida, feroz e inmisericorde. Demasiadas horas esperando por algo que no va a suceder nunca. Mucho tiempo anhelando ver alguna señal de vida, algún atisbo de belleza. Ni siquiera una acacia proyectando su sombra avara sobre un suelo traicionero y espinoso, poblado quizás por algún escorpión despistado, es capaz de suscitar un gramo de esperanza. Y el calor, reforzando aquella sensación de soledad, silencio y tristeza, como un castigo no merecido, como un pesado peaje que condenase a todo el viajero que se aventurase a atravesar aquellos parajes ignorados.

Y tras tanta hora de desazón y desaliento, el panorama se arruga por la zona de babor. La superficie polvorienta se transforma en una sucesión de dunas doradas como las de mis recuerdos, trepando entre formaciones volcánicas negras como el azabache. Una belleza repentina ilumina el paisaje a nuestra izquierda, y en el horizonte se ve claramente la silueta de una sierra que apunta con sus dientes hacia un cielo ya claudicante, de amarillos y ocres.

¡Las pirámides de la necrópolis real de Meroé! Metemos el coche por el pedregal, pero damos media vuelta para buscar el camino verdadero. La precipitación me gana. Yo conduzco, mientras Iñigo –que conoce el lugar- me guía. Toda la caravana nos sigue por una pista que apunta hacia las pirámides, pero que se orienta hacia otro valle, más a la derecha, donde acamparemos.

Se trata de una hoya mineral enorme. Un circo rodeado por plataformas negras de basalto negro, alternado por la pulcritud virginal de las dunas doradas, luchando ambos fenómenos por su protagonismo en el decorado.

Mientras los demás se desperezan al bajar de los coches, me embalo como quien corre en pos del amor, colina arriba. Los pies se me entierran en la pendiente de la duna que trepa por la ladera. Ya en lo alto, triunfo sobre el basalto negro, y ante mí, a poco menos de una docena de metros, se alzan como soberbios monstruos de estructura mineral perfecta, cuatro pirámides negras.

Con el alma encogida, lanzo la mirada hasta más allá de las extrañas construcciones, para descubrir en la otra orilla de la vaguada, un grupo de más pirámides que procedo a enumerar: Diez, veinte, treinta, ¡Cuarenta! …¡Más de cuarenta!

¡La necrópolis soñada! ¡Las sepulturas de los reyes meroitas delante de mí! Ancladas como visiones espectrales sobre la arena, las pirámides negras con sus templetes coquetos adosados, posaban para este pobre peregrino.

Fácil describir la imagen, pero imposible hacerlo con la atmósfera de soledad, abandono, misterio y enigma que transmitían aquellas magníficas sepulturas, elevadas cuando ya los egipcios hacía mil años que dejaron de construir pirámides.

Omito aquí los detalles históricos que deberían acompañar estas líneas, para centrarme únicamente en las sensaciones recibidas. Lejos de cualquier asentamiento urbano, el conjunto real se nos presenta como si fuésemos nosotros los bendecidos por la fortuna para descubrirlas. Ni un alma, ni un cartel, ni un cable, ni un vehículo, ni un sonido ajeno al del viento o al crujir de nuestras propias pisadas…Soledad y soledad. Abandono y abandono. Silencio y silencio. Tiempo, misterio, imaginación, emoción, enigma, enigma y enigma.

Pasé el atardecer tumbado sobre la arena, tras haber curioseado dentro de cada templete, observando los grabados de corte egipcio pero de rasgos marcadamente negroides y acariciando cada estructura, disfrutando con los juegos de líneas creadas entre las curvaturas de la arena y la rectitud geométrica de las paredes inclinadas, imaginando a aquellas gentes líricas, sanguinarias y golosas de poder que dominaron Egipto entre los años 713 al 664 antes de Cristo, hasta que la instauración del poder asirio provocó la decadencia de la dinastía de los faraones negros.

Y quien en aquel lugar sólo es capaz de ver un inútil bastión de piedras muertas o de derruidas arqueologías, es que carece de corazón, sensibilidad y romanticismo. La necrópolis real de Meroé, es la música de lo enigmático, y sus impresionantes pirámides negras están construidas con el material con el que se tejen los sueños.

El tiempo se nos echaba encima. Tras los días ¿perdidos? En Wadi Halfa y el rodeo para llegar hasta Meroé, era necesario partir al alba rumbo a Kassala, donde se habría de realizar una entrega de material destinado a los campos de refugiados gestionados por ACNUR. Así que ya, rompiendo la madrugada, se empezó a levantar el campamento. En previsión de no tener que desmontar mi tienda de campaña, dormí al raso. Eso me permitiría una última ascensión hasta la cornisa para despedirme de “mis” pirámides. Todavía me pude permitir un paseo entre aquellos monumentos que transmitían tristeza concentrada, y una gran sensación de historia en cada piedra. A la hora solemne del amanecer, el ambiente apretaba el alma.

Probablemente nunca vuelva a Meroé. Pero como siempre acostumbro a hacer cuando salgo de un lugar especial, metí en el bolsillo un pequeño trozo de piedra caído del estómago de una de aquellas pirámides. Y cada vez que –ya en casa- acaricie aquel trocito de historia, cerrado los ojos, estaré de nuevo allí, tumbado sobre la arena, sintiendo el latido del misterio debajo de mi cuerpo derrotado.

Esa mañana era la del día de las elecciones, y el ambiente no estaba para bromas. Un helicóptero curioso se entretuvo sobrevolando a la caravana, mientras que en cada cruce, un control del ejército sudanés ejercía su labor amenazadora controlando a quienes por allí pasaban. Ningún problema para nosotros, sino más bien todo lo contrario: Amabilidad y cortesía. ¡Tanta alarma para nada! Cierto es que las carreteras se encontraban vacías, al haberse restringido la circulación de todos los ciudadanos sudaneses fuera de sus ciudades, pero eso nos ayudó, haciendo muy cómodo el viaje por carretera.

La ruta hasta Kassala resultó una pesadilla, por lo monótono y aburrido. El desierto de El Bedja continuaba cobrando su peaje de desgaste y tedio, recalentando el motor de uno de los camiones, y reventando un neumático de otro. Llegamos ya de noche, agotados, a una masa oscura de casas que resultó ser Kassala. A la entrada de la ciudad, nos esperaba un comité de recepción que nos llevó ante el ministro de deportes de la región. Discursos y más discursos que comenzaban: “En el nombre de Allah, el Clemente y Misericordioso…” a cargo de personajes vestidos con túnica blanca y turbante también blanco. Agua fresca, hospedaje, desayuno copioso y el resto del día siguiente, dedicado a desembarcar toda la paquetería del camión en los almacenes centrales del ACNUR.

3500 pares de botas, 800 balones y equipamientos para 10 equipos de fútbol. Material deportivo donado por Esport Solidari Internacional en tremendos paquetes…todo destinado a los campos de refugiados plantados en los alrededores de Kassala, donde el gobierno sudanés ha acogido a 60.000 refugiados en 12 campos que dependen del Alto Comisionado de la ONU. En su mayoría eritreos huidos de su país a causa de las militarizaciones forzosas, se eternizan entre cuatro muros, dándose el caso de familias que cuentan entre sus miembros con tres generaciones de refugiados que no han conocido más horizonte que los muros de esas ciudades de fortuna –mala, por cierto- levantadas para pobres en un país también pobre, ante la pasividad cada vez mayor, de una comunidad internacional insensible e hipócrita, ensimismada en sus pequeños problemas, es sus pequeñas crisis, en sus pequeñas miserias y en sus pequeños vicios. Por una vez, los olvidados de la Tierra recibirán un regalo distinto a las pobres limosnas de comida que la mencionada “comunidad” les destina.

Se visita el campo de refugiados de El Ghirba, la clínica gestionada por Appel Internacional en coordinación con ACNUR, el Centro del Creciente Rojo equivalente a nuestra Cruz Roja, y el Refugees Settlement Administration, en Sowek.

El resto de la estancia de Play4Africa en Sudán, resulta igualmente tranquila en su viaje hacia la frontera con Etiopía.

Sudán es el país más grande de África, prácticamente cerrado al turismo debido a un régimen islamista que mantiene abiertos varios frentes de confrontación con comunidades integradas en su territorio, pero de ideas religiosas y políticas opuestas a las mantenidas por la línea oficial.

Sudán, al que todos los informes recibidos por Play4Africa señalaban como la bestia negra del viaje, resultó un país agradable, de gente entrañable no maleada por el turismo de masas, hospitalaria, sana y curiosa.

Sudán permanece en la memoria de los expedicionarios como una de las experiencias más estimulantes del viaje, gracias a la buena acogida de la gente de a pie y de sus autoridades. Difícil será volver, pero todos sabemos que este país enorme y entrañable, pesará siempre en la parte positiva de la balanza, por parte de quienes conformamos esa utopía posible, que es la expedición transafricana de Play4Africa.

Texto: Leopoldo Alvarez

Fotografía: Patrik Bergareche

Escrito por Play4Africa en Sudán el 1 Mayo, 2010. No hay Comentarios

Egipto, siguiendo la ruta del Nilo

Egipto ha sido nuestro país de entrada en Africa. Los dos primeros días los pasamos en el Cairo donde visitamos parte de la ciudad y las pirámides de Giza de la mano de Mrs Margaret, Issa y Hassan que en representación del Gobierno nos acompañaron durante prácticamente todo el trayecto. Hassan nos pareció el perfecto escolta con su tupido bigote, sus gafas pequeñas de detective rodado y su larga gabardina gris. La tentativa de ficharlo para que nos acompañara hasta Sudáfrica fracasó, a pesar de los reconocidos esfuerzos de algunos expedicionarios.

Sergi y Koke se adelantaron al resto del equipo y partieron hacia Alejandría para tratar de agilizar los trámites burocráticos en las aduanas del puerto y agilizar la entrada de los vehículos que venían desde Valencia en barco. El resto nos juntamos un día más tarde. Sin embargo, el proceso de Kafka se quedó corto en comparación con nuestra experiencia en Alejandría: una semana bloqueados por culpa de un sinfín de papeleo administrativo que con mucha paciencia y la inestimable colaboración de la Embajada de España, Koke y Sergi consiguieron superar.  Mientras tanto, el resto del equipo montábamos nuestra oficina móvil en el café Marino, atendidos por nuestros nuevos amigos Dula y Mohamed.  Si Stanley y Livingstone levantaran cabeza, se avergonzarían de ver un equipo de 14 supuestosexpedicionarios aventureros con 11 ordenadores portátiles.  Al atardecer, el club de los deportistas encabezados por Héctor salía a correr mientras Topo se convertía en un experto de las pastelerías egipcias. Hubo también tiempo para el buceo, los paseos por la aireada “Corniche”, la gastronomía egipcia y la conversación en la renovada biblioteca de Alejandría. Sin embargo, los ánimos empezaban ya a fallar. Había pasado ya una semana de pesada espera y estábamos frustrados por no poder iniciar la marcha sabiendo que nuestros vehículos estaban a tan solo un kilómetro de donde nos encontrábamos. Los días se volvían monótonos y Juan hizo referencia a la película “el día de la marmota”, en el que el personaje que representa Bill Murray se queda bloqueado en un mismo día, despertándose cada mañana en el mismo día del mes, incapaz de avanzar en el tiempo.

Pero salieron por fin los vehículos del puerto de Alejandría! Uno de ellos, con la rueda totalmente deshinchada, otro sin batería y un tercero averiado que además tuvo que ser remolcado hasta el Cairo, donde nuestro equipo de “Mcgyvers”, compuesto por Sergi, Koke y Héctor consiguió repararlo. Parece ser que una semana en el puerto de Alejandría da para una buena sesión de entretenimiento destructivo. De cualquier modo, estábamos todo el equipo entusiasmados, por fin empezaba la ruta!

Ya en el Cairo recibimos la visita de José Manuel y pudimos realizar las primeras entregas de la mano del Ministerio de Deportes Egipcio, la ONG Plan Internacional y Hope Village Society y capitaneados por Ale. Play4Africa se adentró en el Cairo profundo, visitando proyectos y confundidos con un equipo de futbol. “Y tú en qué equipo juegas?”, preguntaban los niños. Preguntas como esta hacía Ahmed, abandonado por sus padres cuando era un bebé, fue acogido por un vecino del barrio el cual le da cobijo a cambio de 40 libras egipcias cada semana. Estos casi 6 euros es el sueldo que estos niños, que nunca han ido al colegio por tener que trabajar, reciben cada semana por tallar madera o reparar coches. Desgraciadamente, Play4Africa no pudo cambiar la vida de estos niños pero sí aportar su granito de arena para promocionar su derecho a jugar.

Dejado atrás El Cairo, el convoy tomó ruta al Mar Rojo con el fin de cruzar a Sudán por el controvertido triángulo del Halayeb, cerrado al tránsito turístico y únicamente abierto al tráfico con permiso militar de los Gobiernos egipcio y sudanés. El Convoy avanzó bordeando el Nilo y por el camino nos recibieron los Gobernadores de Beni Mazaa, El Minya y Asyut y entre bailes surrealistas y exhibiciones de karatecas, sufrimos una avería en el soporte de la caja de cambios del camión Unimog que de nuevo nuestro equipo de “Mcgyvers” y Jordi consiguieron solucionar con la ayuda de mecánicos locales en Luxor. En Luxor, pudimos visitar el misterioso Valle de los Reyes, y los imponentes templos de Karnak y Luxor. Como dice Leo, estas construcciones de más de 4000 años de antigüedad ganan cuando se las contextualiza con lo que hacían nuestros antepasados ibéricos en su querida Galicia: mientras los egipcios levantaban templos y pirámides monumentales, los españoles comían berberechos y cortaban madera.

La llegada al Mar Rojo fue premiada con un espectacular baño de atardecer y una acampada en la playa. Iñigo fabricó un arpón manual con la idea de pescar vestido de “Superman” a lo largo de nuestra travesía hasta Sudán. Sin embargo, los trámites burocráticos para cruzar por Halayeb no llegaron a tiempo y tuvimos que abandonar nuestro sueño de cruzar el Sur de Egipto bordeando el Mar Rojo. No habría brisa de mar ni pescado a la brasa en nuestro camino hacia Sudán. La ruta alternativa la presa de Aswan, nuestra nueva puerta de entrada a la Africa Negra.

En Aswan, embarcamos nuestros vehículos en una gabarra que no admitía pasajeros y después entramos en el viejo ferry que nos ayudaría a cruzar la frontera. Ordas de egipcios y sudaneses entraban en el decrépito “Sinaí” cargados de mercancías y objetos personales. Mujeres tapadas, hombres vestidos de blanco y más de uno con pinta de maleante. Forcejeos y empujones para conseguir un espacio libre en el interior del Sinaí, un espacio sin ventanas, con grietas y con un olor a humanidad difícilmente descriptible.  Familias hacinadas en el piso de abajo donde como por arte de magia un gigantesco aparato eléctrico proveía de aire acondicionado. Los más privilegiados ocupaban los compartimentos cerrados de primera clase. En cubierta, nos instalamos las tribus blancas compuestas por el equipo de Play4Africa y 6 parejas venidas de Inglaterra, Alemania, Australia, América y Sudáfrica acompañados por el resto de locales que habían fracasado en encontrar un hueco en el interior. Cuidando de no pisar ninguna cabeza a  nuestro paso, buscamos nuestros recovecos y levantamos nuestros artilugios made-in-decathlon para tratar de amenizar la travesía por el Nilo. Occidentalizar el paseo al fin y al cabo, ante la mirada atónita de nuestros compañeros de viaje locales. Antes del anochecer, los hombres tomaron la proa y se pusieron a rezar en dirección a la Meca. La devoción de los musulmanes no conoce limitaciones de espacio ni de comodidad.  Al caer la noche, recorrimos los pasillos del barco para llegar al camarote de inmigración y vimos a los locales tan bien instalados que parecía que llevaban ahí toda la vida. Antes de sellar el visado, un médico nos tomó la temperatura en el oído. “Si tienes fiebre, tendrás un problema para entrar en Sudán” me dijo un sudanés. Impresionante control para un país como Sudán. Tras la toma de temperatura, fuimos a la cafetería a cenar. El menú, unos frijoles con olor a pies, una ensalada decente y un quesito. El barullo apasionante y el público lo mejor. Turistas y locales mezclados en las ocho mesas y disfrutando de una conversación entrecortada por los problemas de comunicación pero amenizada por las sonrisas de los sudaneses. Dormimos bajo las estrellas y con el amanecer se organizó en cubierta un improvisado mercado en el que se intercambiaban mercancías: tomates, cuerdas y compact discs pasaban de unas manos a otras en cuestión de segundos. De repente nuestro capitán con dientes de plata hizo sonar la sirena para anunciar nuestro paso por los monumentales templos de Abu Simbel que pudimos ver a pocos metros de distancia y que distrayendo también a los locales puso fin al animado mercado.  Pocas horas después, avistamos el puerto de Wadi Halfa y nos preparamos para desembarcar en nuestro siguiente país: Sudán!

Fotografía: Patrik Bergareche

Escrito por Patrik Bergareche en Egipto el 10 Abril, 2010. No hay Comentarios

Los Expedicionarios de Play4África llegan a Egipto.

Los Expedicionarios de Play4África llegan a Egipto.

  • • A menos de 80 días del inicio del Mundial de Fútbol.
  • • La expedición recorrerá 13 países en los próximos 100 días.

Tras la despedida ofrecida en la Cuidad de Almería,  los expedicionarios se reúnen con el convoy de vehículos en Egipto, primer país destinatario de las ayudas, después de salvar los inconvenientes del paso por Libia, una vez en Egipto esperan iniciar las entregas en tierras faraónicas, antes de adentrarse en Sudán, Etiopia, Kenia, Ruanda, Tanzania, Malawi, Mozambique, Zimbabwe, Botswana, Namibia  para finalizar en Ciudad del Cabo con la celebración del Campeonato Mundial de Fútbol 2010 que se celebrará en Sudáfrica.

La bienvenida a Egipto ha estado cargada de emotividad y de actos protocolarios, visitando diferentes centros deportivos en El Cairo y siendo recibidos en por el Vice-Gobernador de la ciudad de Giza.

Más de 35m3 de material deportivo es el primer de envío de carga con el que comiezan las entregas los  14 expedicionarios distribuidos 5 vehículos y 2 camiones que se encargarán de hacer llegar a los Campos de refugiados de Acnur, principales receptores del material que distribuye Play4África, y ayudar a cumplir con la misión de apoyar el derecho a jugar en lugares de exclusión extrema y donde las necesidades de material son muy notorias.

La celebración en Sudáfrica del mundial FIFA 2010 hace que muchas consciencias estén dirigidas hacia el continente Africano, y por ello Play4África no ha querido perder esta oportunidad. Tras una campaña de sensibilización y de captación de material, será la propia expedición quien realice las entregas de los más de 60.000 balones recaudados a lo largo de la campaña.

El fútbol es más que un juego, más que un deporte, más que una afición, es un estado emocional, es el compromiso con un sueño: dar lo mejor de nosotros mismos. PLAY4AFRICA es un proyecto inspirado por el espíritu del fútbol (y la ocasión que supone la Copa del Mundo de la FIFA 2010), por esa voluntad de superación, de alcanzar la excelencia y de compartir la felicidad.” Porque el ser humano tiene la capacidad, el deseo y el derecho a ser feliz, y porque creemos en un África feliz. Esa es nuestra visión” afirman desde la Organización del proyecto.

PLAY4ÁFRICA no sólo llevará material deportivo a los niños africanos, sino que desarrollará el proyecto “Más allá de un balón”. Siguiendo el objetivo número 6 marcado por las Metas de Desarrollo del Milenio, se ha propuesto “combatir el SIDA, la malaria y otra enfermedades”, así como luchar contra la mortalidad infantil.

Escrito por Expedicion P4a en Egipto, Sin categoría el 22 Marzo, 2010. No hay Comentarios

P4A … Comienza la Expedición

P4A … Comienza la Expedición


Atrás queda toda una labor de puesta en marcha, recaudación, prospección y un sinfín de actividad frenética que hasta la fecha ha generado un inmundo trabajo administrativo y burocrático.

Play4África inicia la penúltima fase, una expedición que recorrerá África de Norte a Sur, hasta encontrarse con la FIFA World Cup 2010, o lo que es lo mismo el Mundial de Fútbol que por primera vez se disputa en el continente africano.

La Expedición integrada por un convoy compuesto de dos camiones y cinco vehículos todo terreno y catorce expedicionarios llegados de todos los puntos de España. Una Expedición que ha zarpado rumbo a Alejandría, donde en los próximos días desembarcará con los más de 35m3 de material deportivo, y que será reforzado por material destinado al programa “más allá de un balón” del que hablaremos en próximos post.

Escrito por Expedicion P4a en Sin categoría el 16 Marzo, 2010. No hay Comentarios

La ruta de la Expedición busca nombre, participa en el concurso de Facebook

Escrito por Play4Africa en Túnez el 3 Febrero, 2010. No hay Comentarios

¡El Roadshow comienza!

Escrito por Jordi Puig Claret en Egipto el 1 Enero, 2010. No hay Comentarios